Conocer el suelo que pisas

Este es uno de esos momentos en los que la Unión se está jugando su futuro. No solo sus fronteras, su perímetro y su papel en el mundo. También la solidez de los pilares sobre los que se ha levantado. La entrada Conocer el suelo que pisas se publicó primero en Ethic.

Apr 2, 2025 - 11:35
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Conocer el suelo que pisas

La historia de Europa descansa en los museos pero se fabrica en las calles, pisando el suelo del día a día. En pocas ocasiones las generaciones son conscientes del momento de cambio, de ese punto de inflexión que evoca una nueva etapa, un aire distinto que nos introduce, poco a poco, en un nuevo tiempo.

Está ahí, frente a nosotros, y lo escuchamos en el matinal informativo de la radio al despertar, pero no nos damos cuenta hasta años más tarde cuando se acumulan las transformaciones, leemos los ensayos o visitamos un museo. Es la maldición de lo cotidiano que esconde de forma extraordinaria el paso del tiempo.

Para atribuir adecuadamente el peso de la historia en los principales acontecimientos que experimenta una sociedad, se necesita un marco nuevo de análisis y la ponderación de quien sabe captar la trascendencia de los actos que se acumulan y las señales de un nuevo contexto. Que existen. Que hay que saber interpretar.

En la actualidad, estamos viviendo un tiempo extraño de sorprendente lucidez, de demasiada realidad, diría el filósofo, que nos invita a pensar de forma más decidida en la naturaleza de lo que acontece y de si realmente supone un cambio trascendente. La opinión pública y publicada europeas despiertan estas semanas en un brote de repentina autoconsciencia del momento: del aquí y del ahora, del suelo que pisan. Y es como un eclipse. Vivimos un eclipse geopolítico suscitado por la coincidencia de las órbitas de Estados Unidos y China y su capacidad de atracción de satélites… un incidente no identificado con gran capacidad perturbadora.

Vivimos un eclipse geopolítico suscitado por la coincidencia de las órbitas de Estados Unidos y China y su capacidad de atracción de satélites

En tiempos recios, visitamos el museo de Historia Militar de Bruselas, en el parque del Cincuentenario. A escasos metros del arco con el que en 1880 se conmemoraron los primeros 50 años de independencia de Bélgica. La vista es magnífica desde una de esas construcciones que abundan en las capitales europeas, a medio camino entre el origen militar y el significante civil. Una pradera ligeramente inclinada con árboles ornamentales y parterres llenos de flores en primavera. Y al fondo, los principales centros de poder de la Unión Europea flanqueados por decenas de banderas azules con 12 estrellas amarillas en forma de círculo. El museo inmenso permite hacerse una idea de los vaivenes bélicos de la historia de esta parte del centro del continente. Desde la batalla de Waterloo y la caída de Napoleón cruciales para el nacimiento de Bélgica a las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y la ocupación nazi. Las vitrinas y los paneles muestran que la Unión de hoy ayer fue división, y que es una construcción histórica extraordinaria muy compleja, fruto de contiendas bélicas en las que aliados y enemigos frecuentemente han cambiado de bando. Del horror, a partir de 1945, emergió una oportunidad para cambiar la dinámica de la historia. De la Declaración Schuman y de la visión de Jean Monnet, un nuevo tiempo para Europa distinto al que habían proyectado hasta ese momento Alemania y Francia… y también Rusia. La Rusia que protagonizó un papel muy relevante en la construcción del orden europeo del siglo XIX y del XX y que ahora pretende imponer con las armas en Ucrania un nuevo modelo de seguridad para el continente.

Puede sonar irónico, tal y como transcurren a esta hora los acontecimientos, pero el museo bruselense custodia también con orgullo una selecta colección de «joyas de orfebrería militar» del regimiento de cosacos de la Rusia Imperial que el gobierno comunista de Moscú cedió a Bélgica en 1936. Es decir, hoy la capital europea alberga una fina compilación de material histórico del Ejército de Rusia a unos cientos de metros del edificio Berlamont, la sede de la Comisión, donde se coordina una inversión histórica en defensa de los Estados para defender las fronteras, precisamente, de una posible agresión rusa. Si se utilizan los criterios de hoy para tratar de explicar y entender el pasado corremos el riesgo de provocar un electrocircuito y probablemente solo consigamos un pobre discurso de propaganda. Pero los hechos y los contrastes como un sarcasmo están ahí y nos recuerdan lo vulnerables y contradictorios que, en ocasiones, han sido y siguen siendo nuestros fundamentales.

Hoy la Unión despierta en un contexto muy distinto al de hace 5 años cuando movilizó fuerzas para luchar contra el virus

Hoy la Unión despierta en un contexto muy distinto al de hace 5 años cuando movilizó fuerzas y una ingente suma de dinero para luchar contra el virus. Ahora, la sensación de amenaza es diferente. Las ideas, los valores, los ideales que nos han permitido llegar hasta aquí corren el riesgo de resultar eclipsados, desfigurados, quién sabe si vaciados y eliminados. Los gobiernos son conscientes de este complejo reto y discuten en estos momentos sobre el concepto amplio de seguridad. Pero ¿y los ciudadanos? ¿Qué parte se les ha reservado en la discusión pública? ¿Qué interés despierta escuchar los Parlamentos nacionales, las discusiones en los medios de comunicación y la aportación de la sociedad civil? ¿O está ya todo decidido y se invita a la ciudadanía a refrendar el pacto al que lleguen las capitales? Desde hace años, el Parlamento Europeo viene insistiendo, en cada elección quinquenal, que el voto es relevante porque sirve para construir políticas concretas y democratizar la Unión. Hoy atravesamos uno de esos momentos en el que el lema «tu voto importa» se juega su todo. El debate sobre qué es la seguridad, el perímetro de la defensa y los cambios estructurales que conllevan es lo suficientemente relevante para que construya su legitimidad y eficacia democráticas desde la base y no se convierta en una discusión de las cúpulas políticas e industriales con intereses cruzados. Si realmente los europeos tienen que participar de este cambio que está viviendo el concepto de la Unión Europea y no limitarse a verlo dentro de unos años en los museos primero hay que escucharles y reforzar las decisiones de los veintisiete con una auténtica deliberación.

Europa tiene que aprender de los errores de la gestión de la emergencia climática. Desterrar el concepto de «por el pueblo pero sin el pueblo», la tentación del despotismo ilustrado, para explicar a todos, incluidos los posibles perdedores por la reasignación de capacidades, si la defensa hoy va a ser prioritaria frente al objetivo de descarbonización y emisiones cero; si ambos son compatibles y en qué grado; si van a concentrar el mismo esfuerzo de las autoridades o si estamos ante la «gran renuncia» como titulaba el diario francés Le Monde; si hay partidas y objetivos sociales que no van a ser financiadas con el mismo ahínco; si caben modificaciones en los planes de los Gobiernos y así otras tantas cuestiones vitales. En suma, los ciudadanos debemos participar en un debate que está transformando esta comunidad de democracias, tal y como la hemos conocido hasta el momento. Este es uno de esos momentos en los que la Unión se está jugando su futuro. No solo sus fronteras, su perímetro y su papel en el mundo. También la solidez de los pilares sobre los que se ha levantado. Y en este trascendental momento haría mal en ignorar a sus ciudadanos y el suelo que pisan día a día.

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