Chris Ware, dibujante: "No sirve de nada intentar regular la IA, llegamos tarde"
Ware, uno de los mayores exponentes mundiales del cómic de las últimas décadas, presenta una exposición antológica de su obra en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona CCCB'Vírgenes juradas', las albanesas que se convirtieron en hombres e hicieron voto de castidad para poder heredar Hablar de Chris Ware no es solo hablar de arte y dibujo. También es hacerlo de activismo en favor de la viñeta y el cómic clásico. Y, por supuesto, de una obra tan portentosa como variada, que abarca desde las historias de contenido social, donde relata la vida de las personas inadaptadas a las masas sociales –Rusty Bronw, Jimmy Corrigan, the smartest kid on earth–, hasta la arquitectura, la pedagogía, las portadas que realiza para The New Yorker o la reivindicación de los clásicos del género. Y, cómo no, también es hacerlo de ragtime, el género musical precursor del jazz al que Ware rinde tributo. Considerado uno de los grandes genios de la historia dibujada, con un estilo muy peculiar que bebe directamente de los grandes maestros de la imagen previa a la irrupción del cine, Ware está estos días en Barcelona para presentar Chris Ware. Dibujar es pensar, la exposición antológica que le dedica el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) y que podrá visitarse hasta el 9 de noviembre. Ware quiere iniciar la entrevista en las oficinas del centro, mostrando su preocupación por las actitudes de la nueva administración estadounidense, que asegura que le espantan y le llenan de preocupación. “No sé cómo sobreviviremos a cuatro años más de Trump, temo que terminemos por hundirnos definitivamente como país”, suelta. Seguidamente, se deshace en halagos hacia España y Europa en general, de las que dice que “se nota el amor por las artes, la cultura y el respeto a los demás”. Ware quiere seguir su relato angustiado de la situación en Estados Unidos, pero hay que recordarle que el CCCB solo nos da media hora para la entrevista y ya hemos pasado casi diez minutos debatiendo de política, así que de un modo muy profesional se centra en responder a las preguntas. Tras el Museo Reina Sofía, el Centre Pompidou de París, el Barbican Center de Londres y ahora el CCCB. ¿Cómo se siente como dibujante de cómic siendo más visto en los museos que en los libros que ha publicado? Pienso que el soporte no es tan importante, lo que cuenta es el recuerdo o la experiencia que te provoca una obra. De hecho, recomendaría a mis seguidores que no comprasen mis libros, si bien la ventaja de hacerlo es que pueden llevarse a casa algo que les costará solo unos pocos euros... Lo digo porque normalmente, cuando visitas un museo de arte, sales de allí con el recuerdo de obras que compró alguien con mucho más dinero que tú, ya sea una fundación, un particular o la Administración. Aun así, entiendo que, en un contexto museístico, mostrar una obra original como la mía, fuera de su contexto, tiene poca utilidad para el ciudadano medio que viene a verla. Así que siempre intento participar en la organización de mis exposiciones para dar contexto a lo que se va a ver. Trato de diseñar la exposición con la misma textura que percibo en los cómics: una experiencia multidimensional donde se pueden ver elementos del pasado y del futuro alineados. Creo que nuestros recuerdos funcionan un poco así. Además, quiero que exposiciones como la presente que inauguramos ahora en el CCCB [Chris Ware. Dibujar es pensar] sean divertidas y entretenidas, conmovedoras e interesantes si es posible. Siempre ha destacado la influencia que han ejercido en usted viñetistas clásicos de la era dorada del comic strip (tiras de prensa) como Frank King, Robert Crumb y George Herriman, autor de Krazy Kat, que le inspiró para su libro Quimby de mouse. En efecto, siempre he prestado atención a los clásicos. Estilísticamente, para mí los cómics se congelaron en los años 30 y 40. A partir de entonces, empezaron a imitar el lenguaje del cine, viendo la viñeta como una cámara a través de la cual mirar la realidad, intentando imitar las películas. Mientras que antes, con Krazy Kat, Gasoline Alley u otras tiras similares, había cierto poder inherente a los propios dibujos. Así que he intentado basar mi trabajo en eso y no en el lenguaje cinematográfico. De hecho, hubo un momento en que dejé de ver la televisión para borrarla de mi memoria lo máximo posible, de modo que no influyera en mi forma de experimentar e intentar recrear historias. Estilísticamente, para mí los cómics se congelaron en los años 30 y 40 del siglo pasado Chris Ware, dibujante ¿Cree que los historietistas actuales miran poco hacia esos mismos clásicos que comenta? Es interesante lo que preguntas. Creo que lo ven todo como si existiera

Ware, uno de los mayores exponentes mundiales del cómic de las últimas décadas, presenta una exposición antológica de su obra en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona CCCB
'Vírgenes juradas', las albanesas que se convirtieron en hombres e hicieron voto de castidad para poder heredar
Hablar de Chris Ware no es solo hablar de arte y dibujo. También es hacerlo de activismo en favor de la viñeta y el cómic clásico. Y, por supuesto, de una obra tan portentosa como variada, que abarca desde las historias de contenido social, donde relata la vida de las personas inadaptadas a las masas sociales –Rusty Bronw, Jimmy Corrigan, the smartest kid on earth–, hasta la arquitectura, la pedagogía, las portadas que realiza para The New Yorker o la reivindicación de los clásicos del género. Y, cómo no, también es hacerlo de ragtime, el género musical precursor del jazz al que Ware rinde tributo.
Considerado uno de los grandes genios de la historia dibujada, con un estilo muy peculiar que bebe directamente de los grandes maestros de la imagen previa a la irrupción del cine, Ware está estos días en Barcelona para presentar Chris Ware. Dibujar es pensar, la exposición antológica que le dedica el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) y que podrá visitarse hasta el 9 de noviembre.
Ware quiere iniciar la entrevista en las oficinas del centro, mostrando su preocupación por las actitudes de la nueva administración estadounidense, que asegura que le espantan y le llenan de preocupación. “No sé cómo sobreviviremos a cuatro años más de Trump, temo que terminemos por hundirnos definitivamente como país”, suelta. Seguidamente, se deshace en halagos hacia España y Europa en general, de las que dice que “se nota el amor por las artes, la cultura y el respeto a los demás”.
Ware quiere seguir su relato angustiado de la situación en Estados Unidos, pero hay que recordarle que el CCCB solo nos da media hora para la entrevista y ya hemos pasado casi diez minutos debatiendo de política, así que de un modo muy profesional se centra en responder a las preguntas.
Tras el Museo Reina Sofía, el Centre Pompidou de París, el Barbican Center de Londres y ahora el CCCB. ¿Cómo se siente como dibujante de cómic siendo más visto en los museos que en los libros que ha publicado?
Pienso que el soporte no es tan importante, lo que cuenta es el recuerdo o la experiencia que te provoca una obra. De hecho, recomendaría a mis seguidores que no comprasen mis libros, si bien la ventaja de hacerlo es que pueden llevarse a casa algo que les costará solo unos pocos euros... Lo digo porque normalmente, cuando visitas un museo de arte, sales de allí con el recuerdo de obras que compró alguien con mucho más dinero que tú, ya sea una fundación, un particular o la Administración.
Aun así, entiendo que, en un contexto museístico, mostrar una obra original como la mía, fuera de su contexto, tiene poca utilidad para el ciudadano medio que viene a verla. Así que siempre intento participar en la organización de mis exposiciones para dar contexto a lo que se va a ver. Trato de diseñar la exposición con la misma textura que percibo en los cómics: una experiencia multidimensional donde se pueden ver elementos del pasado y del futuro alineados. Creo que nuestros recuerdos funcionan un poco así. Además, quiero que exposiciones como la presente que inauguramos ahora en el CCCB [Chris Ware. Dibujar es pensar] sean divertidas y entretenidas, conmovedoras e interesantes si es posible.
Siempre ha destacado la influencia que han ejercido en usted viñetistas clásicos de la era dorada del comic strip (tiras de prensa) como Frank King, Robert Crumb y George Herriman, autor de Krazy Kat, que le inspiró para su libro Quimby de mouse.
En efecto, siempre he prestado atención a los clásicos. Estilísticamente, para mí los cómics se congelaron en los años 30 y 40. A partir de entonces, empezaron a imitar el lenguaje del cine, viendo la viñeta como una cámara a través de la cual mirar la realidad, intentando imitar las películas.
Mientras que antes, con Krazy Kat, Gasoline Alley u otras tiras similares, había cierto poder inherente a los propios dibujos. Así que he intentado basar mi trabajo en eso y no en el lenguaje cinematográfico. De hecho, hubo un momento en que dejé de ver la televisión para borrarla de mi memoria lo máximo posible, de modo que no influyera en mi forma de experimentar e intentar recrear historias.
Estilísticamente, para mí los cómics se congelaron en los años 30 y 40 del siglo pasado
¿Cree que los historietistas actuales miran poco hacia esos mismos clásicos que comenta?
Es interesante lo que preguntas. Creo que lo ven todo como si existiera ahora, como si no hubiera un pasado. Y es extraño, porque entonces no ves la continuidad, de dónde vienen tus influencias. Hay algo maravilloso en estudiar el pasado: puedes ver una tira del siglo XVIII y decir: “No me gusta mucho”, o “Ah, qué interesante”. Porque todo el arte coexiste al mismo tiempo.
Una de sus grandes aficiones es el ragtime, un estilo musical con raíces negras y blancas, que mezcla folclores africanos y de la migración europea en Estados Unidos. Ha diseñado portadas de discos e introducido en sus libros personajes que tocan el banjo. ¿Se ha planteado una historia audiovisual que combine viñetas y música?
He hecho algunas cosas; algunas que están en la exposición del CCCB, y está bien: el resultado es emocionante. Pero al mismo tiempo, me gusta esa especie de posibilidad inerte de un libro que abres, miras y, de repente, parece cobrar vida ante tus ojos. Me refiero a que, en el libro, la dimensión audiovisual la fabrica tu cerebro, no te la impone el artista. Y siempre puedes ponerte un buen disco de ragtime mientras lees uno de mis libros.
Muchos de sus personajes son personas solitarias e introvertidas, con un rico mundo interior pero una vida social pobre, que son o han sido rechazadas e incluso sufrido bullying. ¿Se basan en sus experiencias personales?
Sí. Yo era un niño un poco friki, el último en la clase de gimnasia. Era muy malo en los deportes y no me gustaban. Así que he intentado escribir historias para entender a los niños que son malos en deportes y sufren los ataques, el acoso, de la mayoría. ¿Y por qué hay gente que hace eso, atacar a los que perciben como más vulnerables?
Hace ya tiempo desde que me di cuenta de que es una especie de inclinación humana a la que hay que resistirse. Los seres humanos intentan definirse a ellos mismos oprimiendo a otros seres humanos que creen más débiles. Pasa en los niños y adolescentes, pero también en los adultos. Un ejemplo de eso, en Estados Unidos, es que los blancos necesitan humillar a los negros para sentirse plenamente blancos. Esta es una de sus horribles verdades.
Y ahora, de repente, nuestra estúpida administración presidencial ha decidido que eso es algo de lo que ya no podemos hablar. Es solo un pequeño ejemplo, también se podría usar el ejemplo de cualquier minoría o diferencia religiosa. Así que intento ser consciente de estas cosas y destacarlas en mis libros a pesar de que no me interesa hacer política con mi trabajo.
En Estados Unidos, los blancos necesitan humillar a los negros para sentirse plenamente blancos
¿Sería el mismo artista si no hubiera sufrido bullying?
El mismo no lo sé, tal vez no, pero seguramente sí sería artista. Mi madre decía que desde muy pequeño ya insistía en ser artista. Por otro lado, el haber sufrido acoso me ha llevado a hacerme preguntas que no están mal, porque me han llevado a ver las cosas de modo distinto, más allá de donde las ve la mayoría de la gente.
A veces siento que debería pagarles a mis acosadores porque al marcarme con el hecho de no ser elegido para deportes en la clase de gimnasia, o de tener miedo de caminar por la esquina del pasillo porque me iban a asaltar, me han obligado a ser el artista y la persona que soy. Les estoy un poco agradecido por eso, porque su acoso me hizo consciente de muchas cosas en las que de otra manera no habría pensado.
A veces siento que debería pagarles a mis acosadores porque al marcarme con el hecho de no ser elegido para deportes en la clase de gimnasia, o de tener miedo de caminar por la esquina del pasillo porque me iban a asaltar, me han obligado a ser el artista y la persona que soy
¿Cómo valora su experiencia de portadista en The New Yorker?
Como un privilegio, porque The New Yorker es la última revista en papel que valora y respeta a los ilustradores y los dibujantes, dejando que los dibujos se expliquen por sí mismos. Casi cualquier otra revista añadiría un titular a una imagen para que se convierta en una ilustración. Pero en The New Yorker, un dibujo puede seguir siendo un dibujo. Además, hacer portadas para ellos hace que más gente me conozca, lógicamente.
¿Cree que con el fin de la prensa en papel se perdió toda una cultura de las tiras de viñetas?
Sin duda, pero bueno, muchas de ellas se han movido a internet, a los medios digitales. El soporte es diferente y tiene otros condicionantes, pero puedes seguir haciendo tu trabajo como antes. No creo que sea malo, simplemente es algo diferente para mí. Dicho esto, reconozco que hay algo que necesito: la inercia del papel, porque refleja la inercia de nuestros cuerpos. Porque al leer las imágenes, les das vida de la misma manera que, de alguna manera, hay vida en nuestros cuerpos.
Por cierto que el único libro que he leído en una pantalla fue la biografía de Steve Jobs. ¡Qué tipo más horrible! Menudo tirano era. Pero consiguió arruinarnos la vida haciendo que fuera imprescindible que lleváramos sus teléfonos en el bolsillo. Por suerte, al haberla leído en digital, no me veo obligado a tener el libro en mis estanterías [risas].
'The New Yorker' es la última revista en papel que valora y respeta a los ilustradores y los dibujantes
La semana pasada se reavivó la polémica en torno a la IA, con la herramienta que ofreció ChatGPT para cambiar imágenes al estilo Ghibli. El propio Miyazaki mostró hace años su rechazo a OpenAI, ¿cree que debería regularse la IA de modo que los artistas “imitados” cobraran un canon?
Pienso que llegamos tarde para eso, muy tarde, ya no es posible crear lo que tú planteas. Hemos creado una herramienta en la que estamos metiendo el mundo entero, como si fuera una imagen del mundo dentro de un espejo, y hay tal cantidad de cosas ahí que es utópico pensar que podemos controlarlo. No vamos a poder.