Pinturas psicosomáticas, de Daniela Escobar

*** La miniatura abandona el hacha y riega la flor de un plato roto. Las cosas que destruyó —adornos navideños, llaveros, imanes para el refrigerador— la excedían. Pero la miniatura no pudo haberlo destrozado todo y destrozar no es lo único que hace, también barre las mostacillas que desparramó un cofre del tamaño de un... Leer más La entrada Pinturas psicosomáticas, de Daniela Escobar aparece primero en Zenda.

Apr 3, 2025 - 05:10
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Pinturas psicosomáticas, de Daniela Escobar

Daniela Escobar Contreras es una escritora nacida en Santiago, Chile, en 1984. Es autora del libro Curvatura del ánimo (2018, premio Juegos Literarios Gabriela Mistral) y de la plaquette Pasatiempos sobrenaturales (2024). También se publicó una selección de su trabajo en la antología Muñoz, Cajales, Escobar (2024). Es una de las fundadoras de Overol, sello en el que realiza labores de edición y diseño. Presentamos una muestra de Pinturas psicosomáticas, publicado por Overol dentro de su sello 603, un cuaderno de prosas breves, anotaciones y versos, donde la autora despliega una sensibilidad cruzada por diversos materiales, bocetos, prácticas y oficios. Las formas mutables de esta obra se centran en la potencialidad de los proyectos inconclusos, consideran la dificultad para mantener una disciplina y sostienen una poética que atiende la dimensión afectiva de los objetos. Así, cristales, repisas, geometrías y manchas se entrelazan con la fe, el ánimo, ansiedades y miedos. Plasticidad y sinestesia contribuyen a difuminar los límites entre procesos y productos, experimentos y resultados. Una apuesta honesta y certera, en la que Escobar se sitúa en esa larga de lista de autores que demuestran que a menudo lo sentimientos más grandes, residen en las cosas más pequeñas.

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La miniatura abandona el hacha y riega la flor de un plato roto. Las cosas que destruyó —adornos navideños, llaveros, imanes para el refrigerador— la excedían. Pero la miniatura no pudo haberlo destrozado todo y destrozar no es lo único que hace, también barre las mostacillas que desparramó un cofre del tamaño de un ojal. Similar a una persona retraída, espera en escaleras más grandes que su cuerpo y, cuando no quiere involucrarse con el mundo, conversa con las aves grabadas en una taza. Lejos del hacha, mira la catástrofe; es parecida al rastro que dejan las disculpas, una huella de sangre difícil de lavar. La cama la recibe sobre un libro, y los animales del sueño le inventan partituras con el sonido de los cuentos.

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Siete kilómetros de hilo suben y bajan escaleras, atraviesan puertas, trepan al segundo piso donde aparece una escoba que, en vez de limpiar, ensucia.

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Esperanza: los objetos cerrados, insensibles a las marcas del tiempo, se trizan.

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El juego sigue las reglas del ajedrez, pero reemplaza las piezas tradicionales por frascos de diferentes especias. Los peones blancos son de canela, las torres blancas de nuez moscada, los caballeros de jengibre, los obispos negros de comino. La reina blanca es de anís. Para jugar, hay que familiarizarse con los aromas, en lugar de confiar en la vista.

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Amarillo avanza y violeta retrocede como dos hermanos frente a su madre, colores que contrastan. Toda puesta en relación tendrá un doblez, mostrará una ventaja, y la ventaja es un insulto a la proporción.

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Treinta cubos de pan alineados, lona suspendida
frente a una cala. Montaje y desmontaje de un
lavamanos, poliuretano sobre verduras desechadas.
Juguetería clausurada con cinta de regalo,
muro impregnado en feromona humana.
No en luces led dentro de la micro y la ferretería.
No trazado en la cosecha, No en mármol y vaselina.
Cubo de carroña, carátula destruida,
el monótono sonido de una motosierra.
Dos mil carteles negros, tres prismas de cemento.
Persona mostrando su ira.

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Calco a contraluz una mano abierta.

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En la esquina, agachada, al utilizar la perspectiva del perro, tengo la percepción de que estoy integrada al espacio, no por encima de él.

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Un centímetro más larga y la repisa no entra, medio centímetro más corta y se cae. El calce va a estar bien cuando se sostenga por sí misma, y para lograr esa precisión —respetar su autonomía—, no es llegar y poner la mano, cortar como un campeón.

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Sin detenerse, el remolino da vueltas y me regala una corona.

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Dado que la penumbra es una negociación no resuelta entre sombra y luz, no es posible atravesarla con calma.

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Lo que es y lo que no es se reúnen en la oscuridad. Chocan, y la fuerza de lo oculto se posa en lo creado. Sin ruptura, solo prolongación: infierno, manía de la fiebre. El amor no cabe en el amor, por eso siempre se nos parte. Y algo de ese amor se va en el aire, muere, como si fuese humano.

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Autora: Daniela Escobar. Título: Pinturas psicosomáticas. Editorial: Overol.

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