Clamton: el artista del delirio y la descomposición

El nombre de Clamton, seudónimo de Claudio Galleguillos, resuena como un eco perdido en la historia del cómic chileno. Nacido en 1968 en La Serena ... The post Clamton: el artista del delirio y la descomposición appeared first on La piedra de Sísifo.

Apr 1, 2025 - 23:18
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Clamton: el artista del delirio y la descomposición

El nombre de Clamton, seudónimo de Claudio Galleguillos, resuena como un eco perdido en la historia del cómic chileno. Nacido en 1968 en La Serena y muerto a los 25 años en circunstancias que evocan las leyendas malditas del arte underground, su obra permanece como una anomalía, un murmullo de tinta y desesperación que nunca alcanzó la luz del reconocimiento masivo. Pero quizás así debía ser.

Las historietas de Clamton no eran simples relatos, sino visiones febriles de mundos en descomposición. Criaturas vegetales mutaban en paisajes alienígenas, el tiempo se disolvía en fractales imposibles y las figuras humanas eran poco más que sombras atrapadas en el colapso de una realidad sofocante. A través de sus páginas, Clamton susurraba una inquietud existencial que lo consumía a medida que su vida se precipitaba al abismo.

En los circuitos del cómic underground de los años 80, Clamton encontró un refugio en revistas como Trauko y Matucana, donde pudo experimentar con su estilo deforme y su narrativa fragmentada. Pero no era solo un dibujante: también escribía, componía y grababa extraños audios, obsesionado con la idea de plasmar en distintos formatos su visión distorsionada del mundo. En Historias. Planetas, cerebros y átomos (1990), su único libro publicado en vida, sintetizó su universo: relatos oníricos donde la carne se funde con el paisaje y la conciencia se fractura en una espiral de horror y melancolía.

Pero Clamton no solo creaba historias, las vivía. La línea entre su arte y su vida personal era difusa, casi inexistente. Como si sus personajes lo hubieran reclamado para su mundo, fue perdiéndose en una espiral autodestructiva de aislamiento y excesos. Se dice que su estado mental se volvió cada vez más errático en sus últimos años. Su muerte en 1994, oficialmente atribuida a una mezcla letal de medicamentos y alcohol, aún genera susurros de teorías entre quienes lo conocieron: ¿fue un accidente o una forma de cerrar su propio relato?

Lo cierto es que Clamton parecía condenado desde el principio. Artista marginal en un país que apenas reconocía el cómic como expresión artística, su legado quedó disperso en ediciones de fanzines imposibles de encontrar, grabaciones de casete que se deterioran con el tiempo y bocetos que desaparecieron junto con él. Sin embargo, su sombra persiste. Con cada relectura de su obra, su universo respira una vez más, trayendo consigo ese perfume de pesadilla y fatalidad que lo definió.

Quizás Clamton nunca quiso que su arte alcanzara la luz. Quizás su verdadero destino era permanecer como un susurro oscuro, un espectro atrapado entre las grietas de la historia, esperando a ser descubierto por aquellos lo suficientemente valientes para adentrarse en su cosmos de delirios y desaparición.

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