Atentado contra el honor del Emérito
No son “hechos falsos” los que han derrumbado la “consideración social” de Juan Carlos I. Son hechos ciertos, y muchos Revilla responde al rey emérito: “Es injusto y mezquino que un inviolable demande a un ciudadano de a pie” El Emérito, al que al comienzo de su reinado se le llamaba el Breve, más tarde Tabú I de España y después el Campechano, probablemente esto último para disimular, vuelve estos días a los noticiarios y al debate público tras conocerse que ha emprendido acciones legales contra Miguel Ángel Revilla, expresidente de Cantabria, por haber “atentado contra su honor”. ¿Contra su honor? Como ya comentamos aquí, a propósito del “Molt Honorable” president de la Generalitat Valenciana Carlos Mazón, el honor no es algo que se tenga porque se proclama que se tiene o porque se lleva en un título honorífico. No parece que a Juan Carlos I le quede mucho honor contra el que se pueda atentar, tras todo lo que se ha sabido sobre él en los últimos años, cuando ha dejado de ser Tabú I de España. El Diccionario Panhispánico del Español Jurídico define el derecho al honor como el “derecho a actuar administrativa o judicialmente contra quien profiera expresiones o imputaciones de hechos falsos que hagan desmerecer la consideración social e individual de una persona”. No son “hechos falsos” los que han derrumbado la “consideración social” de Juan Carlos I. Son hechos ciertos, y muchos. “Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”, dice la primera acepción de otro diccionario, el Diccionario de las academias, en la entrada honor. “Gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea”, dice la segunda. ¿Alguien asocia a estas alturas la figura del anterior jefe del Estado a los términos moral, deber, virtud, mérito o acciones heroicas? Contrariamente a lo que muchos creen, emérito no viene etimológicamente de modo directo de meritum, sino de emeritus, que en latín significaba veterano. El Diccionario de las academias define emérito de estas dos maneras: “1 adj. Dicho de una persona, especialmente de un profesor: Que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones”. “2. adj. En la Roma antigua, dicho de un soldado: Que había cumplido su tiempo de servicio y disfrutaba la recompensa debida a sus méritos”. Para asentar a un nutrido grupo de estos últimos, de soldados veteranos que se retiraban del servicio, fundó Roma en el año 25 a. C. en tierras ahora extremeñas la Colonia Iulia Augusta Emérita, la actual Mérida. La historia da en ocasiones unas vueltas sorprendentes. Aquellos soldados que fundaron la ciudad que hoy llamamos Mérida eran eméritos de las legiones X Gémina y V Alaudae que habían combatido en las llamadas guerras cántabras, con el emperador Augusto de comandante. Aquellas guerras las ganaron Augusto y sus luego eméritos y las perdieron las tribus cántabras y astures, y supusieron la culminación por parte de Roma de la conquista de prácticamente toda la península ibérica. Como la historia se suele repetir en forma de farsa y algunos de nuestros tribunales son un circo, corremos el riesgo de que el emérito Juan Carlos gane ahora esta guerra judicial al cántabro Revilla. Toquemos madera.

No son “hechos falsos” los que han derrumbado la “consideración social” de Juan Carlos I. Son hechos ciertos, y muchos
Revilla responde al rey emérito: “Es injusto y mezquino que un inviolable demande a un ciudadano de a pie”
El Emérito, al que al comienzo de su reinado se le llamaba el Breve, más tarde Tabú I de España y después el Campechano, probablemente esto último para disimular, vuelve estos días a los noticiarios y al debate público tras conocerse que ha emprendido acciones legales contra Miguel Ángel Revilla, expresidente de Cantabria, por haber “atentado contra su honor”.
¿Contra su honor? Como ya comentamos aquí, a propósito del “Molt Honorable” president de la Generalitat Valenciana Carlos Mazón, el honor no es algo que se tenga porque se proclama que se tiene o porque se lleva en un título honorífico. No parece que a Juan Carlos I le quede mucho honor contra el que se pueda atentar, tras todo lo que se ha sabido sobre él en los últimos años, cuando ha dejado de ser Tabú I de España.
El Diccionario Panhispánico del Español Jurídico define el derecho al honor como el “derecho a actuar administrativa o judicialmente contra quien profiera expresiones o imputaciones de hechos falsos que hagan desmerecer la consideración social e individual de una persona”. No son “hechos falsos” los que han derrumbado la “consideración social” de Juan Carlos I. Son hechos ciertos, y muchos.
“Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”, dice la primera acepción de otro diccionario, el Diccionario de las academias, en la entrada honor. “Gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea”, dice la segunda. ¿Alguien asocia a estas alturas la figura del anterior jefe del Estado a los términos moral, deber, virtud, mérito o acciones heroicas?
Contrariamente a lo que muchos creen, emérito no viene etimológicamente de modo directo de meritum, sino de emeritus, que en latín significaba veterano. El Diccionario de las academias define emérito de estas dos maneras: “1 adj. Dicho de una persona, especialmente de un profesor: Que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones”. “2. adj. En la Roma antigua, dicho de un soldado: Que había cumplido su tiempo de servicio y disfrutaba la recompensa debida a sus méritos”.
Para asentar a un nutrido grupo de estos últimos, de soldados veteranos que se retiraban del servicio, fundó Roma en el año 25 a. C. en tierras ahora extremeñas la Colonia Iulia Augusta Emérita, la actual Mérida.
La historia da en ocasiones unas vueltas sorprendentes. Aquellos soldados que fundaron la ciudad que hoy llamamos Mérida eran eméritos de las legiones X Gémina y V Alaudae que habían combatido en las llamadas guerras cántabras, con el emperador Augusto de comandante. Aquellas guerras las ganaron Augusto y sus luego eméritos y las perdieron las tribus cántabras y astures, y supusieron la culminación por parte de Roma de la conquista de prácticamente toda la península ibérica.
Como la historia se suele repetir en forma de farsa y algunos de nuestros tribunales son un circo, corremos el riesgo de que el emérito Juan Carlos gane ahora esta guerra judicial al cántabro Revilla. Toquemos madera.