'Adolescencia' y el uso del plano secuencia en la serie de Netflix, ¿recurso “narcisista” o necesario?

Todo el mundo habla de la serie de cuatro episodios sobre un asesinato en un colegio, pero sobre todo se habla de la virguería técnica detrás de cada episodioPor qué todo el mundo habla de 'Adolescencia', una serie excepcional que triunfa en Netflix con el 'boca a boca' Se suele atribuir a Jean-Luc Godard la frase que dice que un travelling es una cuestión moral. Lo que quería decir Godard con esa afirmación es que cualquier movimiento de cámara, cualquier decisión de puesta en escena, era más que una mera cuestión estética. El cómo cuentas algo es tan importante como el qué cuentas. Hay política en la realización cinematográfica, y los autores deberían plantearse por qué ruedan algo de una forma y no de otra. Es lo mismo que luego especificó Laura Mulvey cuando, al hablar de la mirada masculina en el cine, se dio cuenta de cómo el hombre había troceado el cuerpo de la mujer visualmente. Cómo el primer plano a cada atributo femenino era una perpetuación de una mirada machista, igual que lo era el clásico paneo vertical en el que la cámara recorre el cuerpo de una mujer de los pies a la cabeza simulando una mirada cosificadora del hombre.  Muchas veces la puesta en escena se coloca por encima de la propia historia, y es ahí donde hay que preguntarse si los directores no han fallado en su propósito. Esto ha ocurrido, en parte, con el éxito de Netflix Adolescencia. La miniserie de cuatro episodios sobre un chaval que asesina a una compañera ha logrado tantos titulares y publicaciones en redes sociales por su apuesta técnica de rodar cada capítulo en plano secuencia como análisis sobre los temas que aborda, como la construcción de una masculinidad donde la violencia hacia las mujeres es parte indisociable. La propia plataforma ha compartido constantemente en redes sociales vídeos que muestran las bambalinas del rodaje y otros contenidos subrayando la épica del plano secuencia. No es extraño. Normalmente, cuando algo está rodado así, sin cortes, en una sola toma, el espectador siente una extraña fascinación que se come todo lo demás, que anula incluso lo que hay debajo. ¿Pasa eso en Adolescencia? Para Laura Pérez, crítica en Vertele, el plano secuencia de la serie británica no es un recurso vacío.  “Cuando escuchas que una serie está rodada al completo en plano secuencia tiendes a pensar que es más una exhibición técnica que otra cosa. Es algo que ocurre en algunas ficciones, que a menudo los incluyen sin que narrativamente aporten algo. Sin embargo, en Adolescencia el plano secuencia es más que un capricho del director para lucirse, ya que funciona como un recurso que introduce al espectador en la historia”, asegura. Para ella el que esté contada con este recurso “hace conectar al máximo con los personajes y al talento interpretativo del reparto”. “Entras desde el primer momento en situación y la historia ya no te suelta. Sin ayudarse del montaje, la serie logra transmitir la tensión de cada momento y hacer partícipe al espectador de lo que están viviendo los protagonistas”, asevera. Hay constantes cambios de puntos de vista que lo que hacen es debilitar la narrativa. Faltan muchos matices. Es un plano secuencia buscado para espectacularizar Javier Rueda — Periodista en Caimán y profesor en la ECAM No comparte su entusiasmo Javier Rueda, miembro del consejo de dirección de la revista Caimán y profesor en la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid (ECAM). Para él, el plano secuencia es “el recurso que mejor sirve para la generalización que hay en la serie”. “Se llama Adolescencia, lo que tiene una pretensión desde el título de generalizar, de hacer un retrato que va más allá de lo particular, y creo que precisamente el plano secuencia está utilizado como un brochazo para abrir un montón de perspectivas, pero para no profundizar en ninguna”, analiza.  Rueda cree que en Adolescencia “pasan muchísimas cosas”, provocadas por ese uso del plano secuencia, algo que provoca que “se pierda toda precisión y toda capacidad de matices”. Lo califica como “un disfraz” para que no haya pausa. Pone de ejemplo su capítulo más celebrado, el tercero, en el que se muestra —sin cortes— el encuentro entre el adolescente protagonista y su psicóloga.  “Solo hay un momento donde la cámara está parada, que es el primer momento en el que los dos están en la mesa. Son como tres segundos. A partir de ese momento, la cámara no deja de moverse alrededor. Es como si sus responsables tuvieran la necesidad de no aburrir al espectador en lugar de pensar en cuál es el lenguaje de esos personajes. Eso lleva a unos movimientos de cámara que no tienen mucho sentido. Hay una especie de acoso a los dos que incrementa la tensión, y creo que da una visión un poco distorsionada

Apr 1, 2025 - 23:17
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'Adolescencia' y el uso del plano secuencia en la serie de Netflix, ¿recurso “narcisista” o necesario?

'Adolescencia' y el uso del plano secuencia en la serie de Netflix, ¿recurso “narcisista” o necesario?

Todo el mundo habla de la serie de cuatro episodios sobre un asesinato en un colegio, pero sobre todo se habla de la virguería técnica detrás de cada episodio

Por qué todo el mundo habla de 'Adolescencia', una serie excepcional que triunfa en Netflix con el 'boca a boca'

Se suele atribuir a Jean-Luc Godard la frase que dice que un travelling es una cuestión moral. Lo que quería decir Godard con esa afirmación es que cualquier movimiento de cámara, cualquier decisión de puesta en escena, era más que una mera cuestión estética. El cómo cuentas algo es tan importante como el qué cuentas. Hay política en la realización cinematográfica, y los autores deberían plantearse por qué ruedan algo de una forma y no de otra.

Es lo mismo que luego especificó Laura Mulvey cuando, al hablar de la mirada masculina en el cine, se dio cuenta de cómo el hombre había troceado el cuerpo de la mujer visualmente. Cómo el primer plano a cada atributo femenino era una perpetuación de una mirada machista, igual que lo era el clásico paneo vertical en el que la cámara recorre el cuerpo de una mujer de los pies a la cabeza simulando una mirada cosificadora del hombre. 

Muchas veces la puesta en escena se coloca por encima de la propia historia, y es ahí donde hay que preguntarse si los directores no han fallado en su propósito. Esto ha ocurrido, en parte, con el éxito de Netflix Adolescencia. La miniserie de cuatro episodios sobre un chaval que asesina a una compañera ha logrado tantos titulares y publicaciones en redes sociales por su apuesta técnica de rodar cada capítulo en plano secuencia como análisis sobre los temas que aborda, como la construcción de una masculinidad donde la violencia hacia las mujeres es parte indisociable.

La propia plataforma ha compartido constantemente en redes sociales vídeos que muestran las bambalinas del rodaje y otros contenidos subrayando la épica del plano secuencia. No es extraño. Normalmente, cuando algo está rodado así, sin cortes, en una sola toma, el espectador siente una extraña fascinación que se come todo lo demás, que anula incluso lo que hay debajo. ¿Pasa eso en Adolescencia? Para Laura Pérez, crítica en Vertele, el plano secuencia de la serie británica no es un recurso vacío. 

“Cuando escuchas que una serie está rodada al completo en plano secuencia tiendes a pensar que es más una exhibición técnica que otra cosa. Es algo que ocurre en algunas ficciones, que a menudo los incluyen sin que narrativamente aporten algo. Sin embargo, en Adolescencia el plano secuencia es más que un capricho del director para lucirse, ya que funciona como un recurso que introduce al espectador en la historia”, asegura.

Para ella el que esté contada con este recurso “hace conectar al máximo con los personajes y al talento interpretativo del reparto”. “Entras desde el primer momento en situación y la historia ya no te suelta. Sin ayudarse del montaje, la serie logra transmitir la tensión de cada momento y hacer partícipe al espectador de lo que están viviendo los protagonistas”, asevera.

Hay constantes cambios de puntos de vista que lo que hacen es debilitar la narrativa. Faltan muchos matices. Es un plano secuencia buscado para espectacularizar

Javier Rueda Periodista en Caimán y profesor en la ECAM

No comparte su entusiasmo Javier Rueda, miembro del consejo de dirección de la revista Caimán y profesor en la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid (ECAM). Para él, el plano secuencia es “el recurso que mejor sirve para la generalización que hay en la serie”. “Se llama Adolescencia, lo que tiene una pretensión desde el título de generalizar, de hacer un retrato que va más allá de lo particular, y creo que precisamente el plano secuencia está utilizado como un brochazo para abrir un montón de perspectivas, pero para no profundizar en ninguna”, analiza. 

Rueda cree que en Adolescencia “pasan muchísimas cosas”, provocadas por ese uso del plano secuencia, algo que provoca que “se pierda toda precisión y toda capacidad de matices”. Lo califica como “un disfraz” para que no haya pausa. Pone de ejemplo su capítulo más celebrado, el tercero, en el que se muestra —sin cortes— el encuentro entre el adolescente protagonista y su psicóloga. 

“Solo hay un momento donde la cámara está parada, que es el primer momento en el que los dos están en la mesa. Son como tres segundos. A partir de ese momento, la cámara no deja de moverse alrededor. Es como si sus responsables tuvieran la necesidad de no aburrir al espectador en lugar de pensar en cuál es el lenguaje de esos personajes. Eso lleva a unos movimientos de cámara que no tienen mucho sentido. Hay una especie de acoso a los dos que incrementa la tensión, y creo que da una visión un poco distorsionada de la labor de la psicología y de la psicóloga, pues hay un enfoque muy capcioso, muy criminalizador del chaval”, añade.

Fotograma del tercer episodio de 'Adolescencia'

Adolescencia es, para Javier Rueda, una serie que “busca el impacto, el estallido”, y eso lo hace con un uso del plano secuencia que “enmascara carencias narrativas”. “Hay constantes cambios de puntos de vista que lo que hacen es debilitar la narrativa. Faltan muchos matices, hay personajes que aparecen, que desaparecen, alarmas todo el rato, gente corriendo… está buscado para espectacularizar. Creo que esa es la gran crítica a la serie, que el plano secuencia no está usado para la comprensión de un tema tan grave, sino para el espectáculo”, zanja.

Pone de ejemplo otro de los momentos más compartidos, cuando ese plano secuencia lleva al espectador del colegio al lugar del crimen, donde el padre del culpable deja unas flores. Un cierre del segundo episodio que califica de “cínico” y del que se infiere que “la escuela es casi un campo de batalla, con profesores borrachos, policías en el aula y chavales escapando por la ventana” y que termina con ese padre: “Muestras primero el caos de la escuela, como culpándola de todo lo malo que ocurre. Es de un cinismo muy grande”.

La moda del plano secuencia

El de Adolescencia no es el único caso. Cada vez es más habitual ver que en películas y series se vende el espectacular plano secuencia de una escena por encima de la obra. Hay cientos de páginas web y vídeos en YouTube que recopilan los mejores de la historia, y cada uno de ellos suele celebrarse como un éxito por la filigrana técnica.

Últimamente el uso del plano secuencia no se asocia tanto a una decisión política del cineasta, sino a la maquinaria de rodaje y a las posibilidades que ofrecen los avances tecnológicos

Belén Funes Cineasta

No todos los directores están a favor. Luca Guadagnino, autor de Call me by your name o Queer entre otras, contaba en una entrevista en este periódico, que “cualquiera puede venir con la idea de hacerte un plano secuencia de 20 minutos sin cortes que se mueva por todos los sitios y emocione”. Pero él lo tenía claro: “Eso no es dirigir. Eso es, de alguna manera, dañino, un escaparate narcisista de lo que crees que es una gran idea. El cine trata sobre lo invisible y lo visible”.

También se cuestiona sobre la moda del plano secuencia y la ausencia de un pensamiento sobre la ética de las imágenes la directora Belén Funes, ganadora del Goya a la Mejor dirección novel por La hija de un ladrón y de la Biznaga de Plata a la Mejor dirección el pasado Festival de Málaga por su segundo filme, Los tortuga. Primero aclara que el plano secuencia, realmente, es tan antiguo como la historia del cine, ya que “fue la técnica que los Lumière utilizaron para enseñarnos cómo un tren llegaba a la estación”.

Sin embargo, sí que cree que “últimamente el uso del plano secuencia no se asocia tanto a una decisión política, moral o estética del cineasta sino a la maquinaria de rodaje y a las nuevas posibilidades que traen consigo los avances tecnológicos”. “En este momento parece que el plano secuencia es igual a dron, es igual a steady-cam, es igual a filigrana técnica. Y eso me da un poco de pena, incluso a veces me enfada. Dirigir es tomar decisiones todo el rato, sobre absolutamente todo. El plano secuencia es una de esas decisiones y más allá de lo técnico… para mí es apasionante cuando aporta algo único: algo increíble de experimentar, pero difícil de explicar”, opina.

Los miembros del equipo de 'Adolescencia' preparan el dron usado para el plano secuencia

Alberto Corona, crítico en este periódico, cree que siempre ha sido “una forma de presumir, una herramienta fundamentalmente vanidosa que vende en primera instancia virtuosismo, profesionalidad, técnica y atrevimiento, porque ante todo lo que se supone que define el plano secuencia es la dificultad”. Pero con los avances técnicos esa dificultad también se ha ido “matizando, ya que los dispositivos de grabación son más manejables y esa dificultad ya no es la misma que cuando Orson Wells inauguraba Sed de mal con su famoso plano secuencia”. Pero esa “sensación de que estamos ante algo importante ha permanecido”

Más que una sobreutilización, Javier Rueda cree que lo que hay es una “sobreinterpretación”. “Basta con que haya un plano secuencia para que una obra nos resulte valiosa. Parece que se da más valor a un plano secuencia que a un plano fijo que también requiere de mucha planificación. Pecamos de poner en valor un recurso sobre el otro”, zanja

Buenos ejemplos

Hay casos donde la ética y la estética se dan de la mano. Donde un plano secuencia ha provocado que incluso salten por los aires las normas del cine. Lo recuerda Belén Funes cuando cita a Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, de Chantal Akerman —elegida recientemente, con polémica, como la mejor película de la historia del cine—, donde “se usa el plano secuencia para contar a la protagonista”. 

“Akerman hace uso del plano secuencia y lo connota de la más absoluta subjetividad, cómo si ella fuera una invitada en aquel apartamento. A través de las tomas largas entrevemos la herida del personaje con tanta intensidad y persistencia que se convierte en una conocida nuestra, en una mujer fascinante, que no podemos dejar de mirar. La relación cineasta-personaje alcanza en este filme sus cotas más altas y lo hace a través de esa decisión de filmar sin corte, de utilizar el aparente lenguaje del no-lenguaje”, analiza.

Por ello cree que las decisiones de aquel filme “no solo son estilísticas, sino también morales y políticas”. “Se prioriza el tiempo, la vivencia del mismo, el peso que tienen los segundos alrededor de aquel personaje, dentro de aquel espacio asfixiante. ¿Hay virtuosismo en la propuesta de Akerman? Seguramente no como lo entendemos a día de hoy. Lo que hay es potencia, es riesgo, es un salto a otro nivel del cine”, subraya y pone como ejemplos otros filmes como Elephant de Alan Clark o el Elephant de Gus Van Sant.

Javier Rueda elige como buenos ejemplos de planos secuencias el cuarto capítulo de la primera temporada de Euphoria, de Sam Levinson, donde se presenta a todos los personajes durante dos minutos encadenados en un plano secuencia que transcurre en una feria local. El que cierra la primera temporada de True Detective y uno de una serie española, La ruta, que ocurre en el sexto episodio que dirigió Carlos Marqués-Marcet y donde se cierra el capítulo con “un plano secuencia de cinco minutos sin diálogos donde todos los personajes se ponen a bailar sus tragedias, sus dudas e incluso miran al espectador de frente”. Ejemplos donde el director pensó en cómo unir la ética y la estética, o quizás en Godard, o en Chantal Akerman, para que forma y fondo fueran de la mano.

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