Todo lo que te debo, Antonio Vega

Al cabo de unos meses llegó la noticia funesta y aparqué los casos de corrupción, a los políticos mediocres y a los empresarios taimados para honrar torpemente al hombre que puso banda sonora a mi vida: Antonio Vega. La recuerdo ahora porque me he subido a un taxi donde, ignoro cómo, ha sonado “Se dejaba... Leer más La entrada Todo lo que te debo, Antonio Vega aparece primero en Zenda.

Apr 4, 2025 - 00:30
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Todo lo que te debo, Antonio Vega

Dicen que permanecerán, que se coserán a otras vidas, que alguien, en algún lugar, se pondrá a tararear frente al espejo. Que, seguro, soltará una lágrima, convencido de que esa, justo esa, se compuso pensando en ellos y lo que creyeron tener y no fue. Pero no es verdad, no puede ser que canciones que suenan como Alvin y las Ardillas puedan conmover, permanecer, acompañarte el resto de tu vida.

Si de alguna columna estoy orgulloso es de aquella que titulé “Desordenada habitación”. Hacía poco que pude darle las gracias en uno de sus íntimos conciertos en Palma de Mallorca. Teresa y yo entramos en el camerino improvisado en aquella sala ínfima para tanto genio. Era una figura de El Greco, desgalichado por la parca que le consumía y que, hija de puta insaciable, andaba queriendo cobrar el diezmo de una vida única. Sonrió, musitó un “vaya, gracias” como si le sorprendiera que para Teresa y para mí fuera la banda sonora de nuestra vida. “El sitio de mi recreo” fue el primer regalo que me hizo la mujer de mi vida y que siempre hay un momento en que lo escucho. Envolví su mano en las mías, con la esperanza de que de verdad se convenciera de que en la barca de Caronte no había que embarcarse todavía. Que quizá se puede driblar la guadaña con tañidos de guitarra.

"Aquí me tienen, en el sitio de mi recreo, que administro como me viene en gana, jodido, triste, melancólico, sentimental hasta resultar empalagoso"

Al cabo de unos meses llegó la noticia funesta y aparqué los casos de corrupción, a los políticos mediocres y a los empresarios taimados para honrar torpemente al hombre que puso banda sonora a mi vida: Antonio Vega. La recuerdo ahora porque me he subido a un taxi donde, ignoro cómo, ha sonado “Se dejaba llevar por ti” y le he pedido que subiera el volumen. El taxista y yo hemos compartido recuerdos, momentos, imágenes de entonces que llevamos cosidas al alma. Ojalá llegue a leerla. El trayecto fue muy corto como para contarle que sí, que a Antonio Vega le debo muchísimo.

Aquí me tienen, en el sitio de mi recreo, que administro como me viene en gana, jodido, triste, melancólico, sentimental hasta resultar empalagoso. Saben que siempre les pido disculpas por mis frecuentes desvaríos; que procuro escribir de lo que toca, pero hoy quiero hablar con él y con nadie más, porque nada hay que pueda sufrir que él no supiera solucionar. Se ha ido sin ordenar la habitación, vencido en una lucha de gigantes, dejándose llevar… al fin. Se ha apagado la banda sonora de mi vida, tesoros acumulados en el arcón de mis sentimientos; el tío que amargó, bendita la hora, la movida a mis mayores para acabar poniendo letra a la mía; el primer disco que me regaló Teresa; caricias con su voz al fondo, apenas susurrada.
"Antonio Vega desertó de sí mismo para ofrecerse descarnado, sin pliegues, a todos"
Llamo a Carlos, mi compadre del alma, y se le rompe la voz. Él, tan desencantado de la vida, tan desconfiado, tan duro, tan correoso y se quiebra en un lamento sordo mientras trata de contener las lágrimas. «Ya se me fastidió el día», me dice. Y a mí, Carlos, y a mí. Vaya mierda. Siempre se mueren los buenos. O quizá lo hacen de manera humilde. Se apagan a hurtadillas, por la puerta trasera, sin timbales ni clarines. Que cada huérfano aguante su pena. Un frío comunicado y somos legión, centenares, los que apresuradamente le rendimos postrero homenaje a quien en vida se negó a recibirlos. Huía de sí mismo, se acurrucaba alrededor del micrófono para cantarle tres mil poemas de amor a Marga, que otros vampirizábamos sin pudor. No militaba bajo ninguna bandera, ni sujetaba pancartas, ni medraba en pasillos del Ministerio de la Cultura que ahora le recordará mientras las discográficas sacan brillo a la caja registradora para vender lo que no lograron con él vivo. Antonio Vega desertó de sí mismo para ofrecerse descarnado, sin pliegues, a todos. Para decirnos que se puede ser grande a medida que uno se hace más pequeño. Su mirada huidiza, perdida en el suelo, la voz en un hilo, la parca rondando su cuerpo de El Greco apenas dibujado en un escenario sin trampa ni cartón, enhebrando sentimientos con la púa de su guitarra. Otro concierto, uno más, pensando, todos, que aquél era el último. Que, como antes Enrique, las luces se apagarían y el artista exhalaría su último suspiro mientras nosotros pedíamos un bis más. Pero ni para eso valía Antonio. Prefería ser agujero negro que estrella de rock. A él, a diferencia de muchos políticos, no le atrapó el fantasma de su personaje. No acabó subyugado por una biografía de claroscuros. Nunca prometió nada ni quiso vivir de su mito. Antonio pateaba las calles dando luz a todos para regatear a su sombra.
Recuerdo qué le contestó a mi buena amiga Isabel Longhi, cuando la magnífica periodista le preguntó qué haría si le dieran el poder: «Probablemente, lo primero que haría sería desprenderme de él, devolverlo. El poder de las personas está en ellas mismas». Otros se aferran a él, rompen, pactan, medran, se alían, traicionan para mantenerlo. Antonio podía parecer un guiñapo pero nunca fue un monigote. Era un hombre torturado, y en ese escenario tantos días desangelado y no pocas veces mediocre se habría acodado en una barra, mirado a las cariátides y tratado de ser tan observador como ellas, tan mudo. Pasar sin molestar, a la espera del rayo inspirador, de la musa, del clic ilusionante, con el corazón tejido a la solapa, que diría Diego A. Manrique. Terminada la sesión, se encogería de hombros, se pondría su sempiterno gabán, que era más escudo que abrigo, y pariría cien metáforas oscuras, una letra tétrica de quien, como nosotros, como ustedes, hemos acabado esperando nada. Dicen que tenía cáncer, que se lo ha llevado una neumonía.
Muerte de yonqui. Ni siquiera es cosa de maldecirla. No lo hizo él, que acaso le escribió la más hermosa declaración de amor que un hombre podrá jamás componer.
"Bendito ángel negro que me acompaña en las noches de insomnio, cuántas caricias, qué paradoja de subidones gracias al bajón de Antonio"
No dio cuartos a los carroñeros, ávidos de escribir otro miserere de artista enganchado que no supera sus adicciones. Pero, qué quieren, yo soy egoísta, y de sus demonios acabamos beneficiándonos todos. Bendito ángel negro que me acompaña en las noches de insomnio, cuántas caricias, qué paradoja de subidones gracias al bajón de Antonio. Se ha ido sin cazarlo, sin poderlo entrevistar, sin tomarme unas cañas después de una sesión de fotos. Mil citas aplazadas y una misma disculpa que siempre entendíamos en la redacción. «Tío, que lo siento, que no me he visto con ganas. Otro día, ¿vale?», «Vale Antonio, no te preocupes, no pasa nada». Tenía bula porque en él todo era verdad, desnudo de los ropajes de una estrella, sin márketing ni chorradas. Era como el colega que te deja tirado una noche de marcha. Al que le perdonas todo porque sabes que habrá otra ocasión, otro día, otra cita aún mejor que la última. Pero ya no, se acabó. Fin de la historia. Vuelta a una rutina de puñaladas: de deserciones; de hipocresías; de promesas incumplidas; de vendedores de humo; de despilfarros… No hay desamor en la política porque tampoco hay pasión.
Tampoco esperamos nada. Cuentan historias que a veces son mentira y otras no son verdad, tal es su ambición que no dan un paso atrás.
Todo hoy está escrito en negro. Puro duelo. Prometo que buscaré un libro que diga «cómo», otro que se titule «así», un tercero llamado «Nada». El círculo sin fin de esta tierra donde pasa de todo para que nada pase. Hoy, simplemente, me he sentido solo llorando a Antonio en el sitio de mi recreo. Recuérdenme que hay que ordenar la habitación. De lo demás, que se encarguen otros.
Y así fue como metí en mis lapidarias columnas de actualidad lo que de verdad me interesaba, lo que me carcomía, lo que me dolía en lo profundo del alma. Aún duele.

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