Peter Stephan Jungk. El americano perfecto.

Turner, 2012. 206 páginas. Tit. or. Der König von Amerika. Trad. Cristina Núñez Pereira. El protagonista trabajó para Walt Disney pero fue despedido. Se inicia una obsesión que marcará su vida para siempre, siguiendo su pista a través de sus conocidos, planeando una curiosa venganza, en una relación de amor y odio completamente insana. La mezcla de datos biográficos con elucubraciones disparatadas, moviéndose siempre en un terreno que tiene mucho de irreal, funciona a la perfección. El autor aprovecha para criticar sin piedad a Disney, al que vaticina un buen futuro que hoy se ha hecho realidad al ser el mayor imperio audiovisual del mundo. Llegué hasta aquí por la ópera de Philip Glass sin saber qué iba a encontrarme y ha resultado una sorpresa agradable. Un libro delirante sobre un personaje fascinante. Muy bueno. Después de eso, no volví a entrar en un colegio hasta que mi hermana tuvo edad escolar. Ni siquiera hoy soy capaz de escribir sin faltas de ortografía, para eso están mis secretarias; pero lo que me cuentan una vez o lo que leo una vez se queda conmigo toda la vida. Lo absorbo todo, como una esponja. -Cuando comenzó la guerra, hace ahora tres... The post Peter Stephan Jungk. El americano perfecto. first appeared on Cuchitril Literario.

Apr 4, 2025 - 05:48
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Peter Stephan Jungk, El americano perfecto
Turner, 2012. 206 páginas.
Tit. or. Der König von Amerika. Trad. Cristina Núñez Pereira.

El protagonista trabajó para Walt Disney pero fue despedido. Se inicia una obsesión que marcará su vida para siempre, siguiendo su pista a través de sus conocidos, planeando una curiosa venganza, en una relación de amor y odio completamente insana.

La mezcla de datos biográficos con elucubraciones disparatadas, moviéndose siempre en un terreno que tiene mucho de irreal, funciona a la perfección. El autor aprovecha para criticar sin piedad a Disney, al que vaticina un buen futuro que hoy se ha hecho realidad al ser el mayor imperio audiovisual del mundo.

Llegué hasta aquí por la ópera de Philip Glass sin saber qué iba a encontrarme y ha resultado una sorpresa agradable. Un libro delirante sobre un personaje fascinante.

Muy bueno.

Después de eso, no volví a entrar en un colegio hasta que mi hermana tuvo edad escolar. Ni siquiera hoy soy capaz de escribir sin faltas de ortografía, para eso están mis secretarias; pero lo que me cuentan una vez o lo que leo una vez se queda conmigo toda la vida. Lo absorbo todo, como una esponja.
-Cuando comenzó la guerra, hace ahora tres años -Lincoln dio un par de pasos cautos en dirección a la rampa del escenario, los nobles labios de goma se movían sincronizados con sus palabras-, ni los dos partidos, ni nadie, creía posible que duraría hasta hoy. Todos esperaban… Todos esperaban… -Y retrocedió con movimientos rígidos. Su respiración se entrecortó, como si aún tuviera la bala de John Wilker Booth, el autor del atentado, incrustada en la nuca. Se sentó con cuidado en el sillón presidencial.
-¿Chuck? ¿Me puede traer un silla? Rápido, tengo que…
Amen hizo lo que se le decía tan rápido como pudo e, inmediatamente, se volvió a retirar.
Walt pisoteó la colilla del cigarrillo con la suela de la bota y se sentó al lado del muñeco. Tomó la mano de goma, cubierta por el dorso con un delicado vello oscuro, entre sus manos de dedos amarillos. Y habló en voz baja, con un tono tranquilizador:
-Abraham, usted y yo venimos de las mismas raíces; somos hijos de padres modestos. Nos criamos en una gran pobreza, en medio del campo. De niños, nos mudamos más de una vez, de estado en estado; a nuestros padres no les sonrió la suerte, de veras que no. Apenas si conseguían dar de comer a su familia, y todo lo que emprendieron su padre, Thomas, y mi padre, Elias, estaba condenado al fracaso desde el principio. Usted, Abraham, conoció de niño el rugido de la pantera, en los bosques de Indiana, el griterío de la caza del oso, los gruñidos del jabalí. Tanto usted como yo, de chavales, pescábamos truchas con las manos en los riachuelos, veíamos ardillas y corzos, mapaches y ga tos monteses jugar y cazar, matar y morir y aparearse. Ayudábamos a nuestros apesadumbrados padres a sembrar y cosechar. De chavales, teníamos talento como actores, imitábamos a nuestros profesores \ sacerdotes. Y pese a todos los impedimentos, pese a todas las fuerzas
en contra, conseguimos salir adelante: más aún, hemos cambiado el mundo. Usted y yo somos héroes nacionales, señor presidente, somos mitos. Pero los hombres nobles como nosotros tienen enemigos, de eso no hay duda. Usted solo estuvo cuatro años en el gobierno, su segundo mandato acababa de comenzar cuando el autor del atentado lo derribó. Y aun así usted es el salvador de la Unión, el gran libertador, la encarnación de las mejores cualidades de nuestra nación…
Sin levantarse, Lincoln habló apresuradamente, demasiado apresuradamente :
-La esclavitud es la fuente de todos los males; más aún, es una injusticia -y repitió-: La esclavitud es la fuente de todos los males; más aún, es una injusticia. La esclavitud es la fuente de todos los males; mas aún, es una injusticia. -Se quedó quieto y se calló.
-Eso ya lo habíamos arreglado, señor presidente, hace tiempo que lo habíamos arreglado. Amen, ¿puede venir? ¿Chuck?
-La esclavitud -se oía de nuevo al autómata- es la fuente de todos los males; más aún, es una injusticia…
-Siente usted una llamativa simpatía por los negros, ahí sí que no estamos de acuerdo. ¿Martin Luther King? ¿Eldridge Cleaver? ¿Era eso lo que usted quería? ¿No le parece que lo que estos tipos reclaman va un poquito demasiado lejos? -Walt dejó que la mano del muñeco resbalara de la suya y encendió un Lucky Strike. Exhaló una nube de humo como una locomotora-. No hay duda, yo experimento ante las personas de raza negra un sentimiento de reserva, siempre estoy ojo avizor. No permito, bajo ningún concepto (y en todo caso no se ha dado nunca hasta ahora) que trabajen para mí, ni aquí, en Anaheim, ni en los estudios de Burbank. Dejo que haya uno o dos como jardineros, y la mayoría de las mujeres de la limpieza del estudio son negras, por supuesto. Pero yo prefiero apartarme de su camino. Para ese boxeador, Cassius Clay, tuve que poner una prohibición en Disneylandia de carácter inmediato e indefinido. En sus círculos de amigos se hizo fuerte como opositor a la guerra de Vietnam. Lo sé de buena fuente y eso me basta.
Amen apareció en el escenario, los tablones crujieron bajo sus pasos pesados. Walt no se dio cuenta de que estaba allí, sumido como estaba en su diálogo con el muñeco.

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