‘Adolescencia’: Qué está pasando y qué hacer al respecto

Casi todo el mundo ha oído ya hablar de esta miniserie inglesa de Netflix, con sus cuatro episodios rodados en una sola toma continua cada uno, de 65, 52, 53 y 60 minutos respectivamente. Su tema principal es el asesinato de una escolar de 13 años, y cada uno de los episodios refleja un momento... Leer más La entrada ‘Adolescencia’: Qué está pasando y qué hacer al respecto aparece primero en Zenda.

Apr 4, 2025 - 07:32
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‘Adolescencia’: Qué está pasando y qué hacer al respecto

Casi todo el mundo ha oído ya hablar de esta miniserie inglesa de Netflix, con sus cuatro episodios rodados en una sola toma continua cada uno, de 65, 52, 53 y 60 minutos respectivamente. Su tema principal es el asesinato de una escolar de 13 años, y cada uno de los episodios refleja un momento concreto, de alrededor de una hora de duración, en torno a las consecuencias de este hecho. En principio esto suena como el argumento de miles de historias usadas muchas veces ya, desde películas para cine hasta episodios del montón en series de decenas de temporadas, mientras que lo de la toma continua puede parecer que resta más que añade, pero no es así. La serie ha batido varios récords, ha recibido gran número de alabanzas, va a ganar una montaña de premios (se ha estrenado justo cuando la temporada de galardones anterior acaba de terminar)… y ya está empezando el proceso de retroceso y las granadas de la guerra cultural en su contra.

[Aviso de destripes con navaja prestada en todo el texto]

Los hechos del caso, ficticios pero con ecos del mundo real, son los siguientes: el primer episodio narra la detención, a primera hora de la mañana y con parafernalia de redada policial, de un estudiante de 13 años, Jamie, en la casa de su familia, su transporte a la comisaría cercana y su interrogatorio. Durante esta hora sabremos que Jamie es acusado del asesinato de una compañera de su colegio, Katie, y aunque el interrogatorio y, por qué no decirlo, la propia pinta del chaval, hacen poner en duda su culpabilidad, al final se le muestra un vídeo de cámara de vigilancia donde se le ve claramente apuñalar a la chica en un aparcamiento  a plena luz del día. Su padre, Eddie, que claramente no sabía nada de esto, le ha acompañado desde el domicilio hasta ese momento, como “adulto apropiado” por ser un menor, y hasta le ha preguntado muy seriamente si lo había hecho o no. El segundo episodio ocurre tres días después, y en él los investigadores del caso visitan el instituto de secundaria adonde iban los dos alumnos, para ahondar en los motivos del crimen e intentar encontrar el arma homicida, que no ha aparecido aún (aunque el vídeo va a ser prueba más que suficiente). Durante esa hora se encuentran una escuela ese día aún más dura de manejar que lo normal, dada la noticia, y, con ayuda del hijo de uno de los detectives, un alumno del mismo instituto, mayor en edad que Jamie y Katie, confirman que el motivo del ataque era que Jamie estaba sufriendo bullying, especialmente online, y que Katie era una de las participantes. También averiguan que uno de los amigos de Jamie, Ryan, le dio el cuchillo con el que se cometió el crimen. El tercer episodio tiene lugar siete meses después del asesinato, y consiste casi enteramente en una entrevista entre Jamie, confinado en una prisión para menores, y una de sus psicólogas. Durante esta hora se explora (o más bien la psicóloga intenta explorar a través del chaval) las ideas de los chicos y chicas de esta edad y circunstancias con respecto a sus inicios en el sexo, y sus comentarios sobre el aspecto y costumbres de otra gente (tanto conocidos como online), incluyendo asuntos como fotos de desnudos de chicas de esta edad, Katie entre ellas, que acaban circulando por toda la escuela. La entrevista a veces es relajada, pero se vuelve muy tensa en varias ocasiones. Y por último, el cuarto episodio ocurre trece meses tras el asesinato, el día en el que Eddie, el padre, cumple 50 años. Comenzando de buen humor mientras se hace el desayuno, las cosas se estropean cuando la hermana de Jamie, Lisa, ve que la furgoneta de su padre ha sufrido una pintada insultante. Cada vez más estresado, Eddie se lleva a su mujer e hija a un centro comercial para comprar pintura con la que tapar la pintada. Allí encuentra a gente que lo reconoce y también a los adolescentes autores del grafiti, a los que amenaza y empuja, antes de arrojar de cualquier manera la pintura sobre la furgoneta, cubriéndola solo parcialmente y manchando el aparcamiento. Con el día prácticamente arruinado, se vuelven a casa, y Eddie y su esposa Amanda tienen una angustiosa conversación sobre Jamie, por qué pudo ocurrir lo que sucedió y qué podrían haber hecho. Jamie llama para felicitar a su padre, y les comunica que va a cambiar su declaración de inocente a culpable.

Hasta aquí una somera descripción y poco más. Sin embargo, dentro de cada episodio, y en toda la serie en general, hay varias cosas que explorar más detenidamente. Una de ellas es la cuidadosa elección del tipo de familia protagonista: blanca, no emigrante, de clase trabajadora (Eddie es fontanero) y sin conexión ninguna con delitos, crímenes, bandas ni nada parecido. WASP por los cuatro costados. Katie, a quien solo se ve en una foto al principio de uno de los episodios, sin siquiera identificarla claramente, también es blanca y del lugar (solo su mejor amiga, la que habla con los agentes y luego ataca a Ryan, es negra, sin que esto sea relevante). Esto puede parecer poco importante, pero la intención era ayudar a quitar hojarasca sobre la cuestión central que se quiere explorar, que es la de cómo están creciendo y educándose los adolescentes de hoy, en particular en torno al asunto de sus inicios en el sexo y las relaciones sentimentales, en la era de las redes sociales y los móviles inteligentes. Al escoger una familia puramente local, seguramente desde hace generaciones, te deberías quitar de encima el riesgo de acusar más o menos implícitamente a otro grupo diferente de “haber traído” estos comportamientos a un norte de Inglaterra (Yorkshire en concreto) donde antes pretendidamente no existieran. Muchos casos de violencia a estas edades en el Reino Unido recientemente (los apuñalamientos de Southport, el caso de abusos sexuales en masa en Rotherham y varios incidentes en Londres, a menudo relacionados con otros asuntos delictivos) están protagonizados por gente de etnias y circunstancias diferentes, y con frecuencia se ven comentarios que usan ese detalle como parte importante, incluso esencial, del problema. El creador de la serie, Jack Thorne, ya tuvo un contratiempo similar en una serie anterior suya, Best Interests, en la que una madre y un padre se enfrentan judicialmente para decidir si su hija de 13 años, con distrofia muscular desde niña y ahora inconsciente e incapaz de sobrevivir sin respirador, debe recibir solamente cuidados paliativos hasta su muerte ya cercana o se debe intentar algo más agresivo. Al hacer que la madre fuera irlandesa, aunque eso no se mencionaba para nada en la serie ni se notaba más allá del acento de la actriz, parte de la reacción fue por el camino de “claro, es que mira estos católicos cómo son”. Es cierto que los detalles específicos de un personaje lo dibujan mejor y lo alejan de un estereotipo de dos dimensiones, pero también es verdad que en ciertos casos algunos de esos detalles pueden provocar distracciones, sobre todo en estos tiempos tan afinados a la hora de detectar motivos secundarios por debajo de todo. El propio Elon Musk ha metido el cazo respecto a Adolescencia, diciendo que dados todos estos ejemplos reales anteriores, hacer que Jamie sea como es constituye “propaganda anti-blanca”. Y es que no deja de ser cierto que para quien ve como una amenaza el continuo discurso sobre que el grupo más privilegiado del planeta es el varón blanco heterosexual, precisamente aquí se va a encontrar con una gran tentación para usar a Jamie para sus teorías, a pesar de que uno de los casos reales usados como ejemplo (y como acicate para crear la serie) fuera el de Ava White, de doce años, asesinada en 2021 por un chico de 14 en Liverpool, cuyo nombre aún no puede ser divulgado legalmente… por una discusión en Snapchat. Como ya dije anteriormente, la alabanza inicial ante una serie que es imposible dejar de ver una vez la empiezas ahora está pasando por la fase “vamos a usarla como arma arrojadiza”. En el Reino Unido una parlamentaria del gobierno laborista hizo un llamamiento a que los institutos de secundaria del país mostraran esta serie en sus clases, y el mismísimo primer ministro, Keir Starmer, lo ha apoyado. Netflix ha accedido a que se pueda ver gratis en los colegios del país.

Una de sus claves principales es también el asunto de la raíz del problema, incluyendo el clásico “quién empezó” todo esto, pero sin limitarse solo a ello. En toda la serie los adultos aparecen como gente que realmente no tiene ni idea de qué está pasando con los adolescentes de su ciudad, ni siquiera cuando son sus hijos, sus alumnos o los sospechosos de sus casos, y uno de los detalles más reveladores, literalmente, es el hecho de que Katie se haya hecho, por lo que parece voluntariamente, una foto en topless para mandársela al chico que le gusta (ni siquiera su pareja más o menos estable, o lo que pueda ser a esa edad) y que esa foto la haya visto todo el mundo, obviamente diseminada por ese chico sin su consentimiento. Jamie aprovechó el disgusto de Katie para intentar salir con ella, ella lo rechazó y empezó a dejar comentarios en su Instagram llamándolo incel. Este último par de frases contienen un montón de cosas que desempaquetar, como por ejemplo qué tipo de cultura se ha creado por la cual las chicas anden haciéndose fotos así y mandándolas, mientras los chicos que las reciben las divulgan (y coleccionan como cromos y compiten a ver quién completa al álbum antes), qué pinta toda esta gente en Instagram (no solo poniendo fotos de sí mismos, sino, como Jamie hace, siguiendo a tías buenas, en un inicio que probablemente acabe llevándolo al porno, si es que no lo ha hecho ya) y por qué se dedican a portarse ahí como no les gustaría que se portaran con ellos, con insultos, burlas y humillaciones que ya no se quedan entre el grupito que se junta en el banco del parque sino que ahora está ahí disponible para que lo vea todo el mundo. Hay quien defiende las redes sociales como una manera de pedirles cuentas a los poderosos, en plan “ahora sabéis lo que pensamos de vosotros”. Pues esta es la cara oscura de eso. Saber también lo que piensan de ti, a vces con gran crueldad.

El rizo se acaba de rizar cuando Adam, el hijo del agente Luke Bascombe, le revela a su padre que no solo hay este tipo de comentarios en internet, sino que contienen dentro todo un código semioculto de emojis escogido precisamente, como han hecho los delincuentes de toda la vida, para poder hablar en alto sin que te entiendan la pasma y los civiles, pero sí los metidos en el ajo, y sus rivales si hace falta. El policía que tan seguro y profesional se mostró en el primer episodio durante el interrogatorio, en este segundo está inseguro, perdido y sobrepasado ante un mundo que parece ignorar casi por completo, y en el que no puede reaccionar sacando unas esposas a la primera de cambio. Pero no se para todo ahí, sino que aparece otra causa por debajo: qué hacen estos críos tanto tiempo con sus pantallas. Hace ya mucho que dejaron de ver dibujos animados en YouTube, o vídeos de maquillaje o de coches. Ahora lo que se les puede colar, o está colando, es, sobre todo en el caso de los chicos, toda una verborrea misógina que les pueda llevar a pensar que las mujeres están ahí para servir a los hombres como ellos quieran, y que quien no sea “capaz” de que así sea en su vida debe reaccionar como el macho que tiene que ser y poner las cosas en su sitio. Se menciona por su nombre a Andrew Tate, el ¿influencer?, ¿delincuente? que presume de vidorra y harén y que ciertamente estaba hasta en la sopa hace un par de años (sigue apareciendo por ahí). O al menos estaba hasta en la sopa si decidías hacerte tú la sopa con sus ingredientes, porque en la serie una de las profesoras dice solo “sí, he oído a los chavales mencionarlo” y Eddie dice que alguna vez le ha salido en el móvil, pero que enseguida cierra el vídeo y va a lo que le interesa. Pero quizá Jamie no. Seguramente Jamie pensó que quizá podría encontrar ahí la respuesta a por qué le estaba pasando todo esto: reacciona con violencia si tienes lo que hay que tener. Mientras tanto, los padres acaban la serie hechos un mar de dudas. Fuimos buenos padres, nunca le pegamos (a pesar de mi carácter y de mi padre a mí sí me pegaba), y en cuanto quiso un ordenador y un móvil se lo dimos. Nos preocupaba un poco que estuviera con él hasta tan tarde, pero peor habría sido que anduviera por ahí fuera de casa hasta las tantas. ¿Tendríamos que haber hecho algo más? Los creadores de la serie, desde luego tenían muy claro que no querían culpar a los padres del problema, aunque sí reflejar parte de su efecto (al menos los de Jamie, porque de los de Katie no se muestra nada).

Y ahí está el quid de la cuestión. ¿Qué más hacer y cómo? El episodio del colegio revela en varios detalles al paso cómo está la educación británica, y es exactamente así, o peor: hay un profesor que parece intentar pasar más tiempo fuera de la clase que dentro (y los alumnos, de doce años, lo encubren), otro echando broncas fuera del aula, varios pidiendo silencio y que vean el vídeo que les tienen puesto, y el mismo de las broncas intentando evitar que un alumno vaya por ahí exigiendo dinero a otros para comer, cuando ya es parte del programa de almuerzo gratis para algunos estudiantes necesitados. Es el mismo alumno que después, cuando entran los policías en su clase, los recibe haciendo oink, oink (“cerdo” es un insulto en jerga para los polis en inglés), y luego está el asunto de la falsa alarma de incendios y de la amiga de Katie pegando a Ryan delante de la escuela entera, mientras otro chaval hace un vídeo rapeando. Ni siquiera es de lo peor que se puede ver en la realidad, pero cosas así son el pan de cada día en los institutos ingleses (tanto en esta serie como en Best Interests Thorne usa frases parecidas en el sentido de que huelen a col y masturbación), y seguramente en los de todo Occidente. Que la disciplina actual en familias y colegios ya no se base en la violencia y el castigo es buena noticia, pero ¿cómo conseguir que no se llegue a la impunidad, a que la lección esencial que saquen es que soy intocable por ser menor? ¿Haría falta una mejor educación sexual y afectiva, o si no, al menos una educación que enseñe a ser crítico y analítico con lo que oigas, veas o te cuenten, sea del tipo que sea, además de cómo reaccionar ante distintas adversidades más allá de suspender un examen? Durante el episodio de la psicóloga, Jamie pregunta varias veces “do you like me?”, y eso nos lleva a una necesidad básica, la de obtener al menos un cierto grado de aceptación social, sobre todo a esa edad. Aunque de mayor uno adquiera conchas, y sepa pasar tiempo consigo mismo, y no vea la popularidad como un marcador definitivo del éxito en la vida, a los 13 años, y rodeado de otra gente todo el tiempo, a nadie le gusta que se burlen de él ni ser el que no tiene amigos… ni que ni una sola chica se interese por ti. Lo cual no tiene por qué ser el fin del mundo. Pero para Katie sí que lo fue.

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