Huevos

“I’m gonna sell my eggs“. La miré sorprendida y tosí, atragantada de sorpresa. Me ardían las orejas. Aquella mujer de antepasados suecos-lobos-blancos tirando de un trineo, abuelos cruzando el océano para matar nativos me estaba diciendo: “Voy a vender mis huevos”. Mi regocijo fue infinito. No tuve tele hasta los once años, así que algunas... Leer más La entrada Huevos aparece primero en Zenda.

Apr 4, 2025 - 00:30
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Huevos

En el invierno helado del Midwest, hace unos años, una mujer altísima, exuberante, con pechos de matrona atrapados dentro de una especie de corpiño de seda, respiración agitada, las mejillas pobladas de una rosácea que a mí me pareció que indicaba que se ahogaba, que no estaba hecha para estar allí, en ese salón, en esa fiesta entre personas, sino corriendo en los bosques cercanos, despojada de esa ropa que le apretaba, salió a fumar al porche. Salí con ella. Se hizo pasar por humana, acercando la conversación a lugares comunes —taxes, deudas universitarias, créditos concedidos alegremente por el banco— y en un momento suspiró y lo dijo:

I’m gonna sell my eggs“.

La miré sorprendida y tosí, atragantada de sorpresa. Me ardían las orejas. Aquella mujer de antepasados suecos-lobos-blancos tirando de un trineo, abuelos cruzando el océano para matar nativos me estaba diciendo: “Voy a vender mis huevos”. Mi regocijo fue infinito. No tuve tele hasta los once años, así que algunas de las cosas que conozco del mundo son cosas que no están en el mundo. Las encontré en libros de duendes y hadas editados cuidadosamente para facilitar la fermentación de la magia en los cerebros new age de los adultos que me rodeaban. Por eso, y por una gominola de thc que me había tomado una hora antes, de veras la imaginé encontrándose mal en medio de una fiesta de vasos de plástico rojos, intentando pasar sin molestar entre dos chicos que hablaban de Cheever y siempre estaban cambiando de antidepresivo, pero no escribían. En mi cabeza la vi entrando al baño, bajándose las bragas, expulsando sin esfuerzo pero con concentración y cuidado un huevo blanco envuelto en humores sanguinolentos, poniéndolo bajo el grifo, secándolo con un trozo de papel higiénico, lanzando el suspiro agotado del engorro cotidiano, envolviendo cuidadosamente el huevo en un pañuelo morado, guardándoselo en el bolso.

Yes, definitely. I’m gonna sell my eggs again“.

"Lo que la joven quería decirme era que iba a vender sus óvulos —otra vez— para pagar sus deudas universitarias"

Lo repitió con la voz quebrada del humo del porro bien adentro de los pulmones. Echó una columna de humo blanco y la imaginé avanzando por la pradera del campus en medio de una ventisca, acercándose al tipo más sospechoso del pueblo —un hombre que, cada mañana, practicaba capoeira descalzo sobre la nieve— y sacando del pesado bolso uno, dos, tres, diez envoltorios de tela, que el hombre iba guardando en los bolsillos de su abrigo. Los copos de nieve tapando el delito, sus nervios, la mirada inquieta del que se trae algo muy gordo —e ilegal— entre manos. El fajo de billetes. La vuelta a casa. Entonces, la valkiria ponedora se apoyó en la barandilla del porche y eso la hizo perder altura, hundirse un poco, como mi fantasía. Su discurso se perdió en terminología médica, efectos secundarios, hormonas. La maquinaria de la imaginación se me detuvo, la maqueta fría del mundo cayó con fuerza sobre mi tarta, cortándola en trozos regulares, fríos, sin dulzor ninguno. Lo que la joven quería decirme era que iba a vender sus óvulos —otra vez— para pagar sus deudas universitarias, para cubrir el crédito que pidió para arreglar el coche. “Eight grands“, dijo. 8000 dólares por unos óvulos de adn noruego. Mi gozo en un pozo con fondillo de yema. Poco a poco, el globo de thc se me fue desinflando. Volví a casa con nostalgia del encantamiento, deseando, al menos, ver a un mapache robando comida de un alféizar con su antifaz de ladrón. Pero empezaba a nevar y todas las ventanas estaban cerradas.

"Desde la cocina, mi marido me pregunta si el huevo lo quiero frito. Y voy a decir que sí, pero luego digo que no"

Hoy, tres años después, día aciago de mala escritura, pienso: ¿”ovación” viene de huevo? Lo busco. Etimología de la palabra ovación. Del latín ovatio, ovationis. Aplauso, griterío de júbilo. No, no viene de huevo. Tampoco de oveja. Los usuarios del foro de etimología por el que paseo a veces se tiran de los pelos unos a otros, escupen, pedantes, a los que inventan demasiado (que son precisamente los que a mí más me interesan). Mientras hago scroll por esa escalada de violencia verbal, por esa carrera de a ver quién es más culto, me puede el desaliento. Hoy no he trabajado todo lo bien que habría querido. Es decir, no he escrito nada, he wasapeado hasta la saciedad y he escrito una canción a un borracho que veo por las mañanas en el parque de perros (en la pereza, el cerebro se columpia y se vuelve creativo para lo inútil). También he pasado unas dos horas tragándome vídeos de niños que ven a sus hermanos recién nacidos por primera vez (gajes de hija única). Suspiro. Cae la noche sobre mi día absurdo y “ovación” no viene de “huevo”. Desde la cocina, mi marido me pregunta si el huevo lo quiero frito. Y voy a decir que sí, pero luego digo que no. Porque siento que no me merezco el rugido del huevo crepitando, ese aplauso enfervorecido del aceite. Esa ovación. Lo tomaré escalfado.

Más tarde, casi dormida, pienso que la única forma de maternidad que me interesa es la dickensiana, la punkybrewsteriana, la de Annie y Mister Warbucks. Es decir, que la criatura llegue de una forma verdaderamente inesperada, en forma de ovillo de trapos, como perro sarnoso al borde del camino. No me interesa el ser si no está roto, si no hay que bañarlo para descubrir su color verdadero. Pero aún me mantengo apegada a una relativa realidad, mi deseo vuela aún muy bajo, con la panza rozando las piedras de un mundo aburrido. Ahora mi deseo iza el vuelo, empieza a planear por el aire, y me atrevo a pronunciarlo: a mí lo que me gustaría de verdad sería encontrarme un huevo en el parque. Incubarlo. Observarlo mientras se resquebraja. Y en el momento exacto en el que La Cosa esté a punto de asomar, lanzar un grito de horror y fundido a negro.

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