Grete Kellenberger-Gujer y la quimera

Sé que por esa quimera, esa recombinación de genes de distinta procedencia, quieres poner el foco sobre mí, trayendo al presente mi contribución a los primeros pasos del microscopio electrónico y de la Biología Molecular, que es como decir de la medicina moderna. La que ahora ejerces tú en estos tiempos tuyos de cambios de... Leer más La entrada Grete Kellenberger-Gujer y la quimera aparece primero en Zenda.

Apr 2, 2025 - 01:04
 0
Grete Kellenberger-Gujer y la quimera

¿Quién me iba a decir a mí que en mi vida, seria y responsable, iba a irrumpir una quimera?

Sé que por esa quimera, esa recombinación de genes de distinta procedencia, quieres poner el foco sobre mí, trayendo al presente mi contribución a los primeros pasos del microscopio electrónico y de la Biología Molecular, que es como decir de la medicina moderna. La que ahora ejerces tú en estos tiempos tuyos de cambios de paradigma.

Soy difícil de encontrar, no he tenido ni nombre propio; nací con uno, adopté otro al casarme y volvieron a cambiármelo al divorciarme, sin que yo pudiera decidir nunca cómo quería ser conocida. Y tuve que suplicar que me permitieran formar un apellido, compuesto e impronunciable, Kellenberger-Gujer, para poder conservar mi currículo.

"Yo era una mujer tenaz, y tres años más tarde comencé mi carrera de química, y sí, era una buena estudiante. Pero en plena contienda la tarea de terminar mis estudios era ardua"

Cuando nací, en 1919, acababa de terminar la Gran Guerra. Y ese tiempo de entreguerras marcó mi destino. Aun siendo la primera de mi promoción en el Gymnasium, en el año 1939 la posibilidad de que una jovencita de 20 años accediera a becas o ayudas era impensable. La Segunda Guerra Mundial había estallado y con ella se evaporaron mis ilusiones de seguir en la universidad: tuve que ponerme a trabajar. Yo era una mujer tenaz, y tres años más tarde comencé mi carrera de química, y sí, era una buena estudiante. Pero en plena contienda la tarea de terminar mis estudios era ardua y el dinero muy escaso, y cuando conocí a Eduard Kellenberger y me casé con él, pensé que los exiguos recursos familiares estarían mejor aprovechados si los invertíamos en la tesis doctoral de él.

Aunque te parezca mentira, todo el mundo a mi alrededor vio esa decisión no solo como sensata, sino también como la más lógica y natural. En aquellos momentos se daba por sentado que había que priorizar la formación de cualquier varón sobre los estudios de una mujer que ni siquiera se hubiera graduado. Porque, y ese fue uno de mis secretos mejor guardados, nunca conseguí una licenciatura ni el grado de doctora. Fue una sensación agridulce para mí ver cómo el fruto de las tesis que yo no pude dirigir, pero que se hicieron con mis ideas, con técnicas diseñadas por mí y con mi colaboración directa, fuera el Nobel.

"A alguien se le ocurrió llamarlo ADN quimérico, aludiendo a la imagen de la quimera, el monstruo mitológico que solía representarse con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón"

Pero volvamos a la ciencia. Eduard estaba haciendo sus ensayos con el microscopio electrónico, que estaba dando sus primeros pasos. Ya no se trabajaba con las partículas de la luz del microscopio óptico, sino con electrones. Nada era igual: había que revisar todas las formas de preparación de una célula o de un material biológico, pero los resultados obtenidos eran completamente innovadores y originales. Y gracias a los estudios en los que yo colaboraba Eduard fue ascendido a director del nuevo Centro de Microscopía Electrónica. La Universidad de Ginebra se convirtió en uno de los centros de referencia europeos en genética microbiana. A partir de ese momento menudearon las invitaciones para explicar los hallazgos novedosos conseguidos con la nueva microscopía; para él, claro.

Aun así, los fondos para la investigación eran escasos, e incluso la rotura de una placa de Petri de vidrio era un descalabro importante en el presupuesto del laboratorio. Si creías que solo en tu siglo la ciencia está mal pagada… ya ves que no.

Y entonces entró en mi vida el fago λ, ese virus que infecta a nuestra buena amiga, la bacteria E. coli, que puede matarla con el ciclo lítico o acompañarla en su vida integrándose en el cromosoma bacteriano con el ciclo lisogénico, como otra mujer, Esther Lederberg (me temo que tan olvidada como yo) acababa de describir; mis conocimientos de microscopía electrónica y de preparación de las muestras fueron críticos para comprender algo fascinante: la cadena de ADN se rompía en trocitos y, como si de un juego de plastilinas se tratara, se volvían a unir, a adherirse físicamente entre ellos, como una cadena multicolor y maleable, no de la misma forma ni del mismo origen, pero manteniendo su viabilidad. A ese ADN reciclado se lo llamó ADN recombinante y la secuencia era ahora una mezcla de cadenas bacterianas y víricas con una mayor riqueza genética. Y a alguien se le ocurrió llamarlo ADN quimérico, aludiendo a la imagen de la quimera, el monstruo mitológico que solía representarse con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón. La mítica cadena contribuiría significativamente al nacimiento de una de las tecnologías más influyentes de la segunda mitad del siglo XX: la ingeniería genética que sería el fundamento de toda la Microbiología moderna.

"El artículo de Meselson aparecía justo antes que el mío, y es el citado mayoritariamente en los libros de texto. Nunca lo he entendido"

Naturalmente, pensarás que fui reconocida por este descubrimiento. La respuesta es no. Yo remití mis estudios a la revista estadounidense PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) en 1961. Con igual fecha y en el mismo número de la revista, otro investigador, varón, claro, Matthew Meselson, publicó también un artículo sobre el tema (descubrir que la recombinación genética es debida a un intercambio físico de ADN). Y esto no habría tenido importancia si no hubiera sido porque mi trabajo era más original y porque lo había enviado antes. La editorial retrasó la publicación de mi manuscrito mientras esperaba a que Meselson terminase sus experimentos, que confirmaban lo que yo ya había demostrado. Al final, el artículo de Meselson aparecía justo antes que el mío, y es el citado mayoritariamente en los libros de texto. Nunca lo he entendido.

Algunas de mis intuiciones, que yo no pude demostrar, condujeron a otros al Nobel; por ejemplo, sospechar que las bacterias, como hacemos los humanos, pueden defenderse de un ataque vírico. ¿Cómo? Produciendo una enzima que fragmenta el ADN del virus. Y la pregunta inmediata es: ¿por qué esa enzima sólo destruye el ADN vírico, pero no el de la bacteria? ¡Porque las bacterias se disfrazan! Crean una máscara química que camufla su cromosoma engañando a la enzima destructora. Arber, mi discípulo, lo demostró. Con ayuda de otra mujer, pero esa es otra historia. Y ganó el Nobel.

Tecnología de ADN recombinante

Y sin enmendarle la plana a Esther Lederberg, comprendí que los virus bacterianos no siempre mataban a la bacteria o se integraban en el cromosoma, sino que podían seguir una tercera vía: ser heredados solo por una de las bacterias que resultan de una división binaria, llevándonos a una mejor comprensión de las interacciones genéticas.

"Al final yo no fui ni graduada ni doctora, tampoco obtuve el Premio Nobel. ¿Quién fui yo? Un verso suelto de la vida y de la ciencia"

Mi día a día giraba alrededor del fago λ hasta que da un vuelco: nos vamos a EEUU, me divorcio de mi marido y busco trabajo. A punto estuve de dar otro rumbo a mi vida: una de las ideas que me rondaron la mente fue marchar a Noruega a aprender a bordar. Pensarás que soy un poco engreída, pero componía música, tocaba la guitarra, escribía teatro y otras composiciones literarias, era una buena fotógrafa y ya no quería ser doctora, sino una mujer renacentista del siglo XX.

Pero estaba demasiado enganchada a la Genética, tenía demasiado apego a mi fago λ y acepté un trabajo en el Grupo de Biofísica de un prestigioso laboratorio en Tennessee. Fue solo temporal (mi casa era Ginebra y retorné a ella), incluso me pagaron un buen salario. Allí trabajé con Berg, otro loco del fago λ y, por casualidad, aunque yo creo que el azar solo se aprovecha si se ha trabajado mucho, culminaron con el descubrimiento fortuito de un ADN saltarín, que contenía unos genes que eran un regalo para cualquier bacteria: codificaban resistencias a los antibióticos. Y que, como su nombre indica, podría “saltar” del ADN del fago λ al cromosoma de E. coli.

Pero la política del laboratorio cambió. Los virus, las bacterias fueron perdiendo importancia y las células animales y humanas se preferían para el estudio. Y decidí jubilarme.

Al final yo no fui ni graduada ni doctora, tampoco obtuve el Premio Nobel. ¿Quién fui yo? Un verso suelto de la vida y de la ciencia, una mujer con muchos saberes de filosofía universal, que pretendió y consiguió formar un equipo a su alrededor, alguien que trabajó, que innovó, aunque no fuera reconocida. Tampoco fui catedrática, fui más que eso: fui maestra, capacitando en la investigación a los mejores genetistas europeos y norteamericanos.

Ahora mi historia queda en tus manos; esta mujer sin nombre, que vivió una quimera, confía en ti para que arrojes luz sobre la sombra de su microscopio electrónico.

La entrada Grete Kellenberger-Gujer y la quimera aparece primero en Zenda.