El lugar de un hombre, de Ramón J. Sender

En 1939, Ramón J. Sender publicó en México una novela inspirada en el conocido como “crimen de Cuenca”. Veinte años después, sacó una nueva versión, llena de modificaciones, que ha servido de base para esta nueva edición de Contraseña. En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El lugar de un hombre (Contraseña), de Ramón J.... Leer más La entrada El lugar de un hombre, de Ramón J. Sender aparece primero en Zenda.

Apr 2, 2025 - 06:19
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El lugar de un hombre, de Ramón J. Sender

En 1939, Ramón J. Sender publicó en México una novela inspirada en el conocido como “crimen de Cuenca”. Veinte años después, sacó una nueva versión, llena de modificaciones, que ha servido de base para esta nueva edición de Contraseña.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El lugar de un hombre (Contraseña), de Ramón J. Sender.

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CAPÍTULO PRIMERO

LA CASUALIDAD DORMIDA. EL “SASO”

En los campos comenzaba la primavera y se veían en las eras, sobre la escarcha de algunos amaneceres hela dos, las «cucutes», pájaros de pecho tornasolado, alas blancas y negras. Su belleza los hacía codiciables para los muchachos, pero los cazadores los desdeñaban porque olían mal. Esos pájaros solían llegar hacia el mes de abril y venían diciendo:

«cu-cut», «cu-cut»

el dos de mayo Santa Cruz.

En esa fecha eran las fiestas. Mi pueblo tenía cinco mil habitantes. En el centro, donde vivíamos nosotros, había edificios de dos y hasta de tres plantas. A medida que se alejaban hacia las afueras iban siendo más pobres y al final se convertían en simples chozas: cuatro muros con un agujero en el techo para el humo.

El pueblo estaba dominado por una montaña cortada a cuchillo que se alzaba junto a las últimas casas. Era una rompiente natural de doscientos metros de altura en cuya cima, presidiéndolo todo, había una plataforma de granito sosteniendo una gran cruz de hierro. Esa cruz se recortaba sobre el cielo claro y protegía la aldea, según decían, contra el rayo y el pedrisco. La rompiente venía a ser un escalón socavado sin duda por la corriente del Orna, río de gran caudal, que bajaba de la montaña trompicando y produciendo una espuma azul. Ese enorme escalón seguía a lo largo de más de quince kilómetros paralelo al río hasta verle desembocar en otro río mayor. Entre las «ripas» —era el nombre que se daba a la rompiente— y el río estaba la carretera real, que pasaba por el centro del pueblo, y entre ella y el río se extendían, a lo ancho de unos dos kilómetros, todos los campos de «regadío» —huertos, sotos, cercados— donde se producían frutas que tienen fama no solo en la región sino en toda España. Su abundancia nos permitía, de chicos, hacer batallas campales con manzanas y peras de las que caían de los árboles malbaratando millares de ellas sin que los campesinos se sintieran perjudicados. A veces, para evitar que se pudrieran, las recogían después y las daban a comer a los cerdos.

En la rompiente, que venía a ser como una cortina de roca arenisca, hacían sus nidos las águilas y los esparveres. Sus gañidos llegaban al atardecer al balcón de mi profundidad. En ese eco sentía yo la inmensidad de la no che que se acercaba. Cuando era niño (lo recordaba con emoción) en mis soledades hablaba con las «ripas», con los esparveres y con aquellas oquedades negras en donde localizaba todo lo irreal de mi infancia.

En aquella ocasión había tenido que permanecer encerrado en casa más de un mes, porque me había roto el brazo y con objeto de facilitar la sutura del hueso tuve que guardar cama. Hacía poco que había vuelto al pueblo después de una escapada que me llevó a Zara goza, a Madrid y a otras hermosas ciudades dispuesto a probar la fuerza de mis alas. Tenía quince años cuan do me fui y dieciséis cuando regresé. No volví al pueblo por amor a mi casa campesina sino reclamado por mi familia y conducido por la policía del rey. Una vez en la aldea había que tratar de convertir el destierro en un placer y como lo que más me interesaba era mi abuelo (a mi padre le había considerado siempre un enemigo, en ese sentimiento me correspondía él, en los dos era completamente inconsciente y estaba entreverado de luchas feroces y de armisticios gustosos) me acerqué al abuelo y vivía con él como si no existiera nadie más. También él tenía su habitación en el segundo piso, dando el balcón a la parte trasera, cara a las ripas. Mi abuelo sentía por mí un gran cariño (todos decían que me parecía mucho a él) y yo le correspondía con ese sencillo respeto que los viejos estiman tanto y que a través del recuerdo no ha hecho sino crecer en mi vida.

Yo quería ir al huerto con él, regar, podar las vides en el monte (llamaban «monte» a toda la tierra que no tenía riego regular). Me pasaba los días, antes de romperme el brazo, ayudándole en el campo en faenas ligeras que atendía él personalmente y en recompensa me iba encomendando trabajos que poco a poco iba haciendo yo solo.

Un día, poco después de mi regreso, me dijo: —¿Te has encontrado en la calle o en el camino de los huertos a Ana Launer?

—No, ¿por qué?

—Si la encuentras —me advirtió con misterio— dale la razón en todo. Dile a todo que sí.

—¿Está loca?

Mi abuelo no se atrevía a juzgar.

—En el pueblo dicen que es bruja. Yo no creo en esas tonterías, pero… —se encogió de hombros—. Ve tú a saber. —¿Cree usted que puede hacer daño?

—Nuestro vecino Antón —explicó mi abuelo con un aire intrigado— se quiso burlar de Ana Launer un día, y poco después se le murieron dos vacas.

—Una casualidad —dije yo.

Mi abuelo se encogió de hombros otra vez. —Ya te digo que no creo en eso, pero más vale decir amén a todo. No hay necesidad de provocar a la casualidad. Es bueno que duerma.

Después de un silencio, añadió:

—Ana Launer habla con todos, va y viene. Aparece por la noche en el campo a los jornaleros y a los propietarios y les dice las cosas más raras. Uno de sus caprichos —dijo tan regocijado que la risa le impedía seguir hablando— es bai

lar por la noche en el campo con las personas más serias. Yo solté a reír.

—Sí; ríe todo lo que quieras, pero si la encuentras no le lleves la contraria.

Yo, que había leído en Madrid algo sobre histerismo y sexualidad (las cosas de Freud, que estaban de moda), trataba de identificarla y preguntaba a mi abuelo incansablemente.

—No sé qué clase de persona es —me contestaba—. Siempre se ríe. Se burla de sí misma. Por la noche dicen que la oyen reír al lado de las chimeneas. Yo creo que son los gatos en celo. El viejo de casa de Gonzalvo ha echado un bolero la otra noche con ella al lado del río.

Otra vez solté la carcajada. Mi abuelo se puso muy serio. Se veía que lo grotesco de aquel bolero a la orilla del río le escalofriaba.

—Si la encuentras —insistió— obedécele. No cuesta ningún trabajo. Ella debe saber que tú has vuelto al pueblo y te tendrá entre ojos.

Yo encontré días después a Ana Launer en la calle. Iba vestida de negro. Aparentaba cincuenta años. No me dijo nada, pero me miró con tanta impertinencia que tuve que sonreír y saludarla con un gesto de cabeza. Luego la oí decir a mis espaldas:

—Garcés rematado. En un año le ha salido la hombría. Tiene las mismas hechuras de su abuelo y de su padre.

Pasaron dos semanas sin ver a Ana Launer y la olvidé. Una noche había que regar el soto. Nos daban el agua a las once y como una hora de riego costaba mu cho dinero había que estar allí con toda exactitud para no desperdiciarla. El Sindicato de Riegos tenía bien organizado aquello y los afiliados regaban sus tierras por turno, religiosamente. Propuse a mi abuelo ir yo. Le pareció bien y a las diez y media salía para el soto, que estaba hacia el río. Llevaba conmigo una azada y había puesto en mi cinto un puñal, porque en las noches de riego había a veces incidentes por cinco minutos más o menos de agua. Mi abuelo tanteó mis ropas, sacó el puñal, se lo guardó y me dijo:

—El hombre que necesita emplear esto, ya no es hombre.

[…]

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Autor: Ramón J. Sender. Título: El lugar de un hombre. Editorial: Contraseña. Venta: Todos tus libros.

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