El águila imperial
No hay duda en el águila. Es el saber que hace. Espera. Aguanta la inclemencia. No le desespera el frío. Su fuego es la certeza de estar en el tiempo con la autoridad de ejercer plenamente el potencial de su existencia. Arrecia la lluvia. Los conejos siguen agazapados en la sombra. Hasta que la sombra... Leer más La entrada El águila imperial aparece primero en Zenda.

No siempre la veo en el cielo. La estuve observando una mañana de lluvia mientras permanecía posada en el filo de la meseta y vigilaba la aparición de una presa. El aguacero resbalaba por sus plumas y su mirada peinaba los matorrales y los olivos en busca de un movimiento que depredar. Las garras bien ancladas en la tierra. La mirada encendida de sol adentro. Podía sentir cómo su rayo atravesaba los cristales de mi torre iluminando un agujero remoto de mi conciencia.
En ese momento, alguien viene a verme para confrontarme con un asunto mayor. Esa persona no lo sabe pero, más allá de su hombro, no pierdo detalle de lo que hace el águila. La imito. Mantengo mi posición. Me lanzo a la caza en el momento oportuno.
Muchas veces la he visto atacar y ser atacada. No soporta la invasión de su cielo. Cuando se acerca la bandada de buitres, se lanza sobre ellos con las garras alzadas. Primero intenta destrozarles la cola timón, para que pierdan el control del rumbo.
Es la misma táctica que usan contra ella los busardos ratoneros cuando compiten por la caza o el águila se acerca demasiado a sus nidos. La hostigan en pareja hasta que le arrancan una pluma, la pluma del equilibrio. A veces se suman las urracas al ataque con su pico de acero. Y pájaros aún menores. He visto una bandada de grajas granzarle al águila en los mismos espolones.
Ella también grazna, casi como un cuervo. Pasa la pareja de águilas por encima de mi torre y es entonces cuando bajo a resguardar a mis perros. Acaso los conejos no han salido de sus madrigueras y la carne de un can pueda recibir las cuchillas imperiales. Los suelto de nuevo cuando veo que las águilas han regresado a la copa del pino solitario que vigila el valle, donde hicieron su nido.
Nos observamos. Ellas y yo. Me entusiasmo cuando planean a unos metros del tejado, pero siempre nos guardamos la distancia. Porque somos el peligro de la vida y también el milagro de la muerte.
Diariamente se repite el ciclo. Cada mañana sobrevuelan mi pequeño territorio para cazar. Y yo me doy cuenta de que si las miro con suficiente intensidad desaparece el peso. Desaparece la mente preocupada. Y las grajas que me muerden la pluma del equilibrio.
El rumbo está abierto y se trata de navegar en él. Hacer el ser. Me estiro en la envergadura de un águila con las alas abiertas. Voy a cazar una palabra que venga de la tierra viva. Voy a sentir la sangre de la palabra en mi boca.
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