John Franklin Bardin. El percherón mortal.
Impedimenta, 2024. 220 páginas. Tit. or. The deadly percheron. Trad. César Aira. Un joven acude a la consulta de un psiquiatra porque cree que se está volviendo loco. Unos leprechauns le encargan tareas absurdas a cambio de dinero. El psiquiatra decide acompañar al joven a la cita con uno de ellos, sin saber que su decisión iba a torcer el rumbo de su destino para siempre. Me venía muy recomendada por su argumento en el que se mezclan cosas aparentemente absurdas que finalmente encuentran sentido. Pero uno, que ha leído con aprovechamiento a Jardiel Poncela (en cierto modo coetáneo), ya está acostumbrado a esos extraños giros. Mucho mejor me ha parecido el viaje personal del protagonista, cuya vida cambia en un momento, y se ve envuelto en un ambiente de pesadilla del que no puede salir. No me ha parecido una obra maestra pero he disfrutado mucho de su lectura. Estas recuperaciones de obras clásicas (casi 80 años tiene el libro) pero de indudable calidad, y que se han mantenido frescas, son muy de agradecer. Bueno. —¿Quién es Joe? —le pregunté. Blunt había sacado un cigarrillo de la caja que yo tenía en el escritorio y ahora jugueteaba con el... The post John Franklin Bardin. El percherón mortal. first appeared on Cuchitril Literario.
Impedimenta, 2024. 220 páginas.
Tit. or. The deadly percheron. Trad. César Aira.
Un joven acude a la consulta de un psiquiatra porque cree que se está volviendo loco. Unos leprechauns le encargan tareas absurdas a cambio de dinero. El psiquiatra decide acompañar al joven a la cita con uno de ellos, sin saber que su decisión iba a torcer el rumbo de su destino para siempre.
Me venía muy recomendada por su argumento en el que se mezclan cosas aparentemente absurdas que finalmente encuentran sentido. Pero uno, que ha leído con aprovechamiento a Jardiel Poncela (en cierto modo coetáneo), ya está acostumbrado a esos extraños giros. Mucho mejor me ha parecido el viaje personal del protagonista, cuya vida cambia en un momento, y se ve envuelto en un ambiente de pesadilla del que no puede salir.
No me ha parecido una obra maestra pero he disfrutado mucho de su lectura. Estas recuperaciones de obras clásicas (casi 80 años tiene el libro) pero de indudable calidad, y que se han mantenido frescas, son muy de agradecer.
Bueno.
—¿Quién es Joe? —le pregunté.
Blunt había sacado un cigarrillo de la caja que yo tenía en el escritorio y ahora jugueteaba con el encendedor. Levantó la vista con sorpresa.
—¿Joe? Es uno de mis hombrecitos. El del traje violeta. Me da diez dólares diarios por llevar una flor en el pelo. ¡Sólo que se reserva el derecho de elegir la flor, y ahí es donde la cosa se pone difícil! ¡Suele elegir entre las peores!
Me dirigió otra vez su sonrisa torcida. Era casi como si me estuviera diciendo: «Sé que parece tonto, pero así es como me funciona la cabeza. No puedo evitarlo.»
—De modo que Joe es el que le da flores, ¿no? —le pregunté—. ¿Hay otros?
—Oh, claro que hay otros. Hago cosas para varios de estos tipos pequeñajos, y eso es lo que me tenía preocupado. Pero creo que usted se ha confundido respecto a Joe. No me da las flores. Yo tengo que salir a comprarlas. Él sólo me paga por llevarlas.
—Me ha dicho que hay otros tipos… «tipos pequeñitos». ¿Quiénes son, y qué hacen?
—Bien, está Harry —dijo—. Es el que lleva trajes verdes y me paga por silbar en el Carnegie Hall. Y está Eustace… que lleva impermeable y me paga por repartir monedas.
—¿De usted?
—No, de él. Me da veinte cuartos de dólar por día. Y me paga diez dólares por repartirlos.
—¿Por qué no se los guarda?
Frunció el entrecejo:
—¡Oh, no! ¡No podría hacer tal cosa! No me pagaría los diez dólares si me los guardara. Eustace sólo me paga cuando logro repartirlos todos. —Se llevó la mano al bolsillo y sacó un puñado de monedas de veinticinco centavos, nuevas y brillantes—. Lo que me recuerda que tengo que encontrarme con Eustace a las seis y todavía me quedan todos éstos para repartir. ¿Sería usted tan amable como para aceptar una de estas monedas?
Y arrojó un cuarto sobre el escritorio. Lo tomé y me lo metí en el bolsillo. No quería contradecirle.
Me miró fijamente.
—Es real, ¿no? —me preguntó.
—Sí.
Era real.
—Hágame un favor. Muérdalo.
—No —le dije—, no tengo que morderlo.
Puedo reconocer una moneda genuina a simple vista.
—Vamos, muérdalo —insistió—. Así verá que no es falso.
Me saqué el cuarto del bolsillo, me lo llevé a los labios y lo mordí. Quería seguirle la corriente.
—Perfectamente real —dije.
Su sonrisa desapareció.
—Eso es lo que me preocupa —afirmó.
—¿Qué?
—Si estoy loco, doctor, usted podrá curarme. Pero si no estoy loco y estos hombrecitos son reales, bueno… en ese caso existen cosas como los duendes irlandeses, los leprechauns, y están repartiendo un inmenso tesoro… y todos tendremos que empezar a creer en las hadas, ¡y quién sabe adónde nos llevará eso!
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