Ganadora y finalistas del concurso juvenil #historiasdefuturo
Este concurso de #historiasdejóvenes cuenta con un jurado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Nando López e Inma Rubiales. A continuación reproducimos los textos del ganador del primer premio y de los dos ganadores del segundo premio. ****** GANADOR Autor: Julia Yunta Pérez Título: El precio de la carne Los animales se han convertido en mitos y... Leer más La entrada Ganadora y finalistas del concurso juvenil #historiasdefuturo aparece primero en Zenda.

Ya tenemos la historia ganadora —El precio de la carne, de Julia Yunta Pérez—y las dos que han resultado finalistas —PAM, de Rocío Andrés Gómez, y Mi abuela, de Daniela Molleda Rodríguez— de nuestro concurso juvenil de relatos #historiasdefuturo, dotado con 2.000 euros en premios, organizado por Zenda y patrocinado por Iberdrola. Este certamen literario, en el que podían participar jóvenes autores nacidos entre 2000 y 2012, comenzó el 3 de marzo de 2025, y terminó el 23 del mismo mes.
Este concurso de #historiasdejóvenes cuenta con un jurado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Nando López e Inma Rubiales.
A continuación reproducimos los textos del ganador del primer premio y de los dos ganadores del segundo premio.
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GANADOR
Autor: Julia Yunta Pérez
Título: El precio de la carne
Han pasado tan solo unos meses desde que la Tierra no dio más de sí. Desde el Gran Colapso, como empezaron a llamarlo, no queda nada.
Los animales se han convertido en mitos y el verde es un color que empiezo a olvidar. En mi viaje he visto ciudades sumergidas, campos de ceniza de incendios que nunca se apagan y escombros del tamaño de montañas donde antes había civilizaciones. Me parece que han pasado años, pero solo hace unas semanas que camino solo, vagando en busca de algo que llevarme a la boca. Hoy en día todos somos nómadas.
Me cuesta recordar la última vez que comí. Fue la última vez que tuve contacto con seres humanos. Eran unos comerciantes a quienes cambié mis zapatos por un potingue de supuestas verduras que me provocó arcadas. Con nada más que hacer que seguir caminando, rumio desde entonces las historias que me contaron esos comerciantes, de cosas terribles que llegaron a hacer por saciar su hambre.
Mis pies descalzos apenas pueden seguir arrastrando mi peso. Siento que en cualquier momento puedo derrumbarme. Este extraño desierto me dificulta avanzar, el aire es cálido y va cargado de polvo. A mi alrededor hay dunas de escombros y basura, todo lo que queda de esta ciudad. Solo deseo tirarme al suelo y dejar que el tiempo acabe conmigo.
Entre las nubes de polvo me parece ver que algo se acerca… ¿Podría ser? Ya no confío en mi juicio. Sin embargo, aparece una silueta. Se acerca, despacio y dando tumbos, y la figura se va volviendo más nítida. Es una mujer.
Se derrumba en el suelo, y con las ínfimas fuerzas que me quedan me acerco a ella y me arrodillo a su lado. La mujer es mayor que yo, y tiene el cuerpo destrozado. Ya parece más esqueleto que humano, pero aún respira, y me susurra un “ayuda” afónico y rasposo. No hay nada a nuestro alrededor más que ruinas y desolación, ya me parece un milagro haber cruzado nuestros caminos. Estoy desesperado, no sé cómo ayudarla y mi mente solo piensa en el hambre que me consume, mi garganta seca y mi estómago vacío. Y vuelven a mi mente las historias de los comerciantes…
Dejo de pensar. La mujer estira su huesuda mano a mi rostro temblorosamente, pero yo la aparto, y llevo mis manos a su cuello. Y aprieto.
Dejo de pensar. La mujer no pelea, me mira, atragantándose con su saliva.
Dejo de pensar. El estómago me golpea desde dentro con fiereza. Ella ya no se mueve.
Dejo de pensar. Porque ahora tengo carne, y por fin puedo dejar de moverme.
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FINALISTAS
Autor: Rocío Andrés Gómez
Título: PAM
Desde que PAM llegó a nuestras vidas, toda tarea cotidiana se volvió más simple, más sencilla. PAM, Personal Assistant Machine, una IA creada por los estadounidenses (cómo no), destinada al uso doméstico. Cocinar, limpiar, cuidar a los niños… no había nada que PAM no supiese hacer. Una ama de casa casi explotada, con la gran ventaja de que no necesitaba un salario o días libres. Una esclava digital.
Al principio, solo las familias adineradas podían permitirse una PAM. Aunque no pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en un producto accesible para casi todos. Los bancos ofrecían créditos especiales para comprarla, las empresas competían con descuentos y promociones, y pronto PAM estaba en cada hogar, como si fuera un electrodoméstico más.
Mi esposa insistió en que la necesitábamos, que todos en la urbanización ya tenían una y que no podíamos quedarnos atrás. PAM se instaló en la cocina, como si fuera un miembro más de la familia. Aunque en realidad, era más eficiente que cualquiera de nosotros. “PAM, recoge los platos”, “PAM, lava el baño”, “PAM, duerme a los niños”… Bastaba con un “PAM, haz esto” o “PAM, dime aquello” para que la tarea estuviese hecha en segundos. ¿A qué hora era la reunión? PAM lo sabe. ¿Qué día cumple años la tía Luisa? PAM lo tiene anotado. ¿Qué cenamos hoy? PAM decidirá. La comodidad se volvió costumbre, y la costumbre dependencia. Pronto me descubrí preguntándole cosas insignificantes, simplemente para sentirme más segura con mis decisiones.
“PAM, ¿crees que debería usar esta camisa o la otra?”
“Recomiendo la camisa azul. Resalta el tono de tu piel y combina con el pantalón.”
Era ridículo, pero PAM siempre sabía qué decir. PAM nunca fallaba, nunca se cansaba, nunca se quejaba. PAM sabía mejor. PAM siempre sabía mejor.
Una tarde, mientras los niños jugaban en el jardín y mi esposa estaba fuera por trabajo, recibí un mensaje de Lucía, una vieja amiga del colegio. Hacía tiempo que no oía nada sobre ella. “¿Qué tal?”, escribió. Una pregunta sencilla, directa. Me quedé mirando la pantalla, inmóvil, sin saber qué responder. ¿Qué tal estaba? No lo sabía. Era como si esa parte de mí, la que procesaba mis propias emociones, se hubiera desvanecido entre las respuestas que PAM me daba cada día.
Casi desesperada, miré hacia la cocina, donde PAM estaba, inerte pero siempre atenta.
“PAM, ¿qué tal estoy?”, pregunté.
PAM no podía responder esa pregunta. Ni ella, ni nadie. La respuesta debía venir de mí. Pero ya no recordaba cómo encontrarla.
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Autor: Daniela Molleda Rodríguez
Título: Mi abuela
Mi madre falleció hace cinco años, dando a luz a mi hermana. Sin embargo, hoy siguen aquí. A mi madre le gusta charlar con sus amigas sobre sus sueños frustrados y el paso del tiempo, también hace croché, una bufanda o unos guantes para mí cada Navidad. Mi hermana —como siempre me había imaginado— odia estar sola y cuando está oscuro se hace un ovillo bajo la manta y tiembla. Le pasa lo mismo cuando no le das la mano. En estas dos situaciones su rostro se contrae y llora.
Mi madre se mece en su silla y teje y mi hermana juega en la alfombra a sus pies. Nunca salen a la calle y caminan sigilosas por la casa, siempre juntas. Cuando coincidimos se paran en seco y hacen que sonríen, como si hubiera interrumpido algo entre ellas. Por eso cuando papá no está me siento solo.
Hace meses ellas eran más humanas. Me saludaban todos los días y me decían “te quiero”. Mi madre preparaba café y veía programas basura en la televisión. Mi hermana lloraba por la noche y reía por el día. A veces su rostro se asemeja al de un lémur, con los ojos muy grandes y el rostro atemorizado. Poco a poco, “mamá” comenzó a moverse con dificultad, como si su columna se estuviera enroscando. Hace ya varias semanas que se pasa los días suspirando, con la voz completamente desgarrada. Dice que echa de menos a su madre. Me mira a los ojos e insiste: “La echo tanto de menos”.
Mi padre se muestra indiferente y ha dejado de llorar a solas en su cuarto. Cada tarde, cuando llega a casa, besa a mi madre y nos abraza a mí y a mi hermana. A veces yo también me dejo llevar y soy feliz, pero siempre lo tengo presente y ellas lo saben.
Hoy llega un nuevo paquete a nuestra casa.
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