La llamada de… Samanta Schweblin
Franz Kafka tropezó en cierta ocasión con una niña que había perdido su muñeca. La pequeña lloraba desconsolada junto al estanque del parque Steglitz (Berlín) y, sintiendo la necesidad de animarla, el escritor checo, por aquel entonces ya víctima de accesos de tos con sangre, tomó asiento en el pretil, se limpió los labios con el pañuelo y aseguró a la menor que su amiguita no se había extraviado, sino que había emprendido voluntariamente un viaje. La entrada La llamada de… Samanta Schweblin aparece primero en Zenda.

Foto de portada: Iván Giménez
Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para algunos más complejo: la literatura.
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Franz Kafka tropezó en cierta ocasión con una niña que había perdido su muñeca. La pequeña lloraba desconsolada junto al estanque del parque Steglitz (Berlín) y, sintiendo la necesidad de animarla, el escritor checo, por aquel entonces ya víctima de accesos de tos con sangre, tomó asiento en el pretil, se limpió los labios con el pañuelo y aseguró a la menor que su amiguita no se había extraviado, sino que había emprendido voluntariamente un viaje. Es más, Kafka se presentó a sí mismo como “el cartero de las muñecas” y aseguró a su interlocutora que ya había recibido una primera postal de la desaparecida. Deseoso de mantener el engaño, durante las siguientes tres semanas el escritor redactó cada noche una carta supuestamente firmada por la muñeca y, al día siguiente, tras tomar asiento de nuevo en el brocal, se la leía a la niña: en unas hablaba de los países que ya había recorrido, en otras de los monumentos que había visto, en alguna de los amigos que había hecho, en la última incluso de un chico que le había despertado ciertos sentimientos… Y si la correspondencia quedó de repente interrumpida no fue porque la pepona regresara junto a su dueña, sino porque la tuberculosis hizo que Kafka dejara de frecuentar el parque y emprendiera él mismo un viaje.
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La historia de la muñeca de Kafka se parece mucho a la del abuelo de Samanta Schweblin. El artista plástico Alfredo de Vincenzo se mantenía apartado de la familia porque había optado por la vida bohemia, pero en cierta ocasión, cuando su nieta alcanzó los seis años, se presentó en la casa de su hija y le pidió permiso para pasar dos sábados al mes con la pequeña. Pese a la reticencia inicial, su descendiente se lo concedió y, ya en el primer encuentro, el abuelo se encaró a Samanta, le plantó un dedo delante de la nariz y le dijo: “Durante mis visitas no te llevaré a la calesita ni en el carrusel, tampoco al zoológico ni a la heladería, sino que dedicaré el día entero a enseñarte a ser artista. De hecho, a estas jornadas que pasaremos juntos las llamaremos el aprendizaje del artista“. Efectivamente, durante casi una década, desde los seis hasta los quince años, Samanta Schweblin se convirtió en la aprendiz del hombre que le enseñó las cosas realmente importantes de la vida: viajar en tren sin billete, robar relojes en la feria de antigüedades, revenderlos en otra parada de la misma feria, apostar el dinero estafado en las carreras de caballos… Evidentemente, también le enseñó a disfrutar de los museos, de los teatros y de los libros, además de mantener los oídos abiertos durante las tertulias que él y sus amigotes celebraban durante las madrugadas bonaerenses. Alfredo de Vincenzo hizo todo eso para que su nieta siguiera sus pasos y se convirtiera en escultora grabadora, pero al final la niña salió escritora. Y aun así, no cabe duda de que, allá donde quiera que esté, el anciano se sentirá orgulloso.
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A Sigmund Freud le gustaba salir a buscar setas con sus hijos. Les despertaba de madrugada, les ordenaba pertrecharse con el bastón, la cesta y la navaja, y los echaba a andar por el bosque. Ahora bien, cuando el padre del psicoanálisis localizaba una variedad de seta habitualmente difícil de encontrar, no llamaba a sus vástagos y les señalaba el descubrimiento, sino que, fingiendo que seguía andando, daba círculos alrededor del hongo, pasaba una vez tras otra a su lado y esperaba a que fuera alguno de sus acompañantes quien lo viera. Y entonces, cuando al fin uno de los pequeños pegaba un grito y apuntaba con el bastón al suelo, el padre ponía cara de asombro y lo felicitaba con un gran beso. Freud sabía que la memoria registra con más intensidad los conocimientos adquiridos con alegría que los aprendidos de un modo aséptico, y aplicó aquella técnica con la misma eficacia que Alfredo de Vincenzo con su nieta.
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Cuando llegaba la noche y regresaban a casa, Alfredo de Vincenzo entregaba a Samanta un diario que había confeccionado con sus propias manos y la invitaba a escribir sobre aquello que más la había impresionado de la jornada. La única exigencia era que lo hiciera con la palabra precisa, con el término exacto, no con generalidades, y si por cualquier circunstancia no encontraba la expresión adecuada para alguna de las emociones sentidas durante el “aprendizaje” del día, entonces su abuelo se alejaba por el pasillo, entraba en su dormitorio, donde tenía la biblioteca, y regresaba con un poemario de Alfonsina Storni, Walt Whitman, Alejandra Pizarnik, César Vallejo o Rubén Darío, y se ponía a declamar con tanta pasión que su propio cuerpo convulsionaba. Leía de un modo tan exagerado porque quería que su nieta se imbuyera de poesía, pero lo único que consiguió con aquellas teatralizaciones fue que la niña decidiera que, cuando fuera mayor, se dedicaría a conseguir que la gente vibrara con sus textos.
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La niña que había perdido la muñeca, los hijos que alucinaban al encontrar setas, la nieta que robaba relojes de segunda mano… No todos estos menores acabaron siendo artistas, pero no cabe duda de que quedaron marcados por el modo en que aquellos adultos se esforzaron por hacerles ver el mundo de un modo distinto.
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El último libro de cuentos de Samanta Schweblin es El buen mal (Seix Barral).
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