Florence Stoker denuncia a Murnau
Más de un siglo después, el lugar se nos antoja más apropiado para el estreno de La mujer pantera (Jacques Tourneur, 1942) que para el de Nosferatu (1922), la obra maestra de Murnau. Pero el caso fue que aquella sinfonía de las sombras del futuro autor de Amanecer (1927) se proyectó por primera vez en... Leer más La entrada Florence Stoker denuncia a Murnau aparece primero en Zenda.

Su nombre no ha llegado hasta nosotros. No así las consecuencias de su acción. Y habida cuenta de que los anónimos suelen obedecer a intenciones aviesas, podría asegurarse que el remitente del programa de mano, que a primeros de abril de 1922 le llegó a Florence Stoker a su residencia londinense en un sobre sin nombre procedente de Berlín, nunca imaginó que su mezquindad tuviera consecuencias tan felices para los aficionados al cine de terror, al cuento de miedo y al expresionismo alemán.
Pero a Florence Stoker lo que le interesaba era un asunto ajeno al vestuario del personal. Desde que su marido, Bram Stoker partiese al reino de los muertos diez años atrás (20 de abril de 1912) las estrecheces económicas acechaban a su viuda. Drácula (1897), pese al relativo éxito que conoció desde sus primeras ediciones, no generó a su autor fortuna en vida. Stoker no fue ese tipo acaudalado que nos presenta Brian Aldiss en Drácula desencadenado (1991). Así que su viuda lo que vio en el programa de mano de aquella proyección —el estreno comercial, abierto al público en general, tuvo lugar el 15 de ese mismo marzo en el Primus-Palast berlinés— fue una oportunidad para sacar algo de dinero.
La historia no registra el nombre del remitente porque, como Roma, no paga a los traidores. Pero los hechos comprobados nos llevan a pensar que fue alguien de la industria fílmica. Las envidias entre creadores suelen hacerse notar, y quien envió el anónimo debía de estar al corriente de que la Prana-Film no había pagado los derechos correspondientes por adaptar a Stoker, aunque en el programa de mano figuraba como una “versión libre” de Drácula y ya hacía unos años que los argumentos se habían dejado de robar. De hecho, Murnau y sus productores, conscientes de que lo que estaban haciendo no era legal, siguiendo el consejo de Albin Grau, el decorador —un hombre que, pese a ser todo lo empírico que debe ser un arquitecto como él lo fue, también es recordado por su afición al ocultismo—, cambiaron algunos detalles de la trama.
De entrada, el Londres victoriano de Stoker, en las secuencias de Murnau es Wisborg, una ciudad imaginaria, un territorio mítico del norte de Alemania, de aquella Alemania de aquel tiempo que se fue, entre el Congreso de Viena y el comienzo de la revolución burguesa. El nombre de los personajes también difiere en las dos versiones. El conde aquí no es Drácula, es Orlok (Max Schreck) y, sobre todo, padece una fotofobia letal. Por no hablar del esteticismo de Nosferatu frente a Drácula. Así, en las secuencias de Ellen esperando a que Hutter (Gustav von Wangenheim) regrese de los Cárpatos, resuena La mujer asomada a la ventana (1822), una de las telas más celebradas de Caspar David Friedrich, grande entre los grandes de la pintura romántica alemana. Y por supuesto, en esa secuencia en que ella se entrega voluntariamente a la voracidad del vampiro, poco antes de que salga el Sol para salvar a la ciudad de la bestia, parece interpelarnos —que se dice ahora— La pesadilla (1781), el óleo del suizo Johann Heinrich Füssli, lienzo también conocido como El íncubo.
Florence Stoker se dio de alta en la sociedad británica de autores e interpuso la denuncia correspondiente, mediante un abogado berlinés, y la ley le dio la razón. Pero dinero, lo que se dice cifra, nunca llegó a sacar allí. La Alemania de 1922 era la que vio dispararse vertiginosamente la inflación de finales del 21. El marco descendió hasta límites insospechados. Cundía el pánico, y el movimiento obrero se movilizaba contra el hambre. Con ese ambiente, nadie dio un céntimo a aquella británica —irlandesa, para ser exactos— que reclamaba un dinero que legalmente le pertenecía.
Tuvo pleitos y los ganó. Pero lo único que consiguió fue asistir a la destrucción de todas las copias de Nosferatu que pudo localizar. Eso fue en julio 1925. Afortunadamente, algunos de los primeros cinéfilos, conocedores de la vesania de la viuda de Stoker, consiguieron salvar algunas copias para brindarlas a la posteridad.
El noventa por ciento de la producción silente no ha llegado a nuestros días. Si Nosferatu lo ha hecho, maltrecha, desvencijada y siempre en liza con los herederos de Stoker —no se pudieron tirar nuevas copias hasta 2019, cuando expiraron sus derechos de autor—, fue gracias a la primorosa entrega de los amantes del cine, los cuentos de miedo y el expresionismo alemán. Por su parte, Florence Stoker fue remunerada como merecía a finales de los años 20, cuando la Universal adquirió los derechos de Drácula para su adaptación fílmica. Arramblaron con la fotofobia, hallazgo de Murnau, sin más contemplaciones. “Escuchad a las criaturas de la noche”, nos decían… Criaturas de la noche… ¡Qué bien me sonáis!
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