En Segovia todo el mundo recomienda el Alcázar y la Catedral, pero a mí me decepcionaron. Esta otra visita me gustó mucho más
Es, sin duda, una de las ciudades más populares como destino de nuestro país si excluimos el turismo de sol y playa. Segovia, con su impresionante acueducto romano como gran reclamo, ofrece un patrimonio histórico-artístico envidiable que no decepciona al viajero primerizo, con su bien conservado casco viejo, agradable de recorrer, y su magnífica gastronomía. El problema, sin embargo, es que sus visitas imprescindibles, esas que todo el mundo recomienda, ensombrecen con su fama a otros rincones con mucho más encanto. Porque, confieso, ni el Alcázar, ni la Catedral, me dejaron especial huella. La propia ciudad de Segovia, como destino en sí mismo, no decepciona. Si esperas otra cosa totalmente distinta, no tienes ni idea de cómo es el patrimonio castellano o buscabas una Roma a la española, probablemente te lleves un chasco. Las expectativas son malas consejeras en todo, y cuando se sale de viaje es mejor hacerlo con mente abierta y sin planificar todo al dedillo. La vida, y mucho menos el turismo, no es como lo pintan las agencias, la publicidad o las redes sociales, y por eso hay que desconfiar de las listas de "X sitios/experiencias/visitas imprescindibles". Al menos, no tomarlas como la Biblia. El acueducto de Segovia sí hace honores a su fama. Es impresionante. Emociona atisbar su perfil de lejos cuando te acercas al centro entre la maraña de callejuelas de origen medieval, y sobrecoge verlo en su plenitud majestuosa. Hay que mirarlo bien desde todos los puntos de vista y distancias posibles, contemplar la perfección de su diseño arquitectónico, imaginar cómo se construyó y cómo ha sido testigo de cientos de años de historia, resistiendo, poderoso y bello. Sí, el acueducto es una visita absolutamente obligada y te va a regalar muchas fotos de postal -perdón, de Instagram. Los otros dos monumentos que todo el mundo marca como imprescindibles ya no dejan tanta huella. Los dioses me libren de desaconsejar su visita, menos aún en el año en que Segovia celebra el V centenario de la Catedral, pero sí pediría rebajar las expectativas. Quizá mi formación en Historia del arte y el gran número de catedrales que llevo visitadas a mis espaldas influyan en la escasa impresión que dejó en mí, pero confieso, tristemente, que fue solo una más. Más decepcionante fue el Alcázar, puede que por esperar algo distinto a lo que sabía que me encontraría en el templo catedralicio. No son tantas las ciudades que conservan grandes construcciones de patrimonio militar y civil, y lo cierto es que, desde fuera, la visita prometía una buena experiencia, pues es un monumento para admirar al exterior. Sin dejar de tener su interés, con salas realmente bonitas y objetos curiosos, quizá lo mejor sea la subida a la torre por las vistas, que además hay que pagar y reservar aparte. Pero, meses después, apenas recordaba nada del interior. Del lugar del que sí conservo recuerdos vívidos por las sensaciones que me generó, más de dos años después de visitarlo, es una humilde vivienda situada a apenas dos minutos a pie desde la Catedral: la Casa Museo Antonio Machado. En Directo al Paladar Una Segovia para golosos más allá del ponche: que viva la repostería tradicional Machado en Segovia Antonio Machado, el autor más joven de la Generación del 98, llegó a Segovia a finales de noviembre de 1919 tras haber vivido ya en varias ciudades desde que dejó su Sevilla natal junto a su familia trasladándose a Madrid con apenas ocho años, incluyendo un temprano periplo parisino. El escritor obtuvo la oposición de profesor de francés de Segunda Enseñanza, y pasó por Soria y Baeza antes de llegar a la ciudad castellana. Lo hizo escapando del llamado "poblachón manchego", una Soria fría, lúgubre e intelectualmente pobre donde Machado solo recabó en un intento fallido por mejorar la salud de su joven esposa Leonor, que había enfermado de tuberculosis. La muerte de su amada fue inevitable y la experiencia soriana, entre andaluza y manchega, transformarían su poética. Tras licenciarse por libre en Filosofía y Letras, por fin Machado consiguió el traslado a Segovia. En la ciudad castellana permanecería hasta 1932 ocupando la Cátedra de Francés en el Instituto General y Técnico, dos décadas en las no se movería del primer alojamiento donde consiguió una habitación apenas aterrizar. En la calle Desamparados estaba la modesta pensión regentada por doña Luisa Torrego, quien le alquiló su estancia por 3,5 pesetas diarias. Un cuarto tan austero como toda la vivienda, que hoy abre al público reconvertida en una Casa Museo de visita obligada para conocer la otra cara de la historia y la cultura segoviana. Los amigos y seguidores que Machado dejó en Segovia lucharon por su conservación desde 1945, alquilando el viejo cuarto para que nadie más lo ocu

Es, sin duda, una de las ciudades más populares como destino de nuestro país si excluimos el turismo de sol y playa. Segovia, con su impresionante acueducto romano como gran reclamo, ofrece un patrimonio histórico-artístico envidiable que no decepciona al viajero primerizo, con su bien conservado casco viejo, agradable de recorrer, y su magnífica gastronomía. El problema, sin embargo, es que sus visitas imprescindibles, esas que todo el mundo recomienda, ensombrecen con su fama a otros rincones con mucho más encanto. Porque, confieso, ni el Alcázar, ni la Catedral, me dejaron especial huella.
La propia ciudad de Segovia, como destino en sí mismo, no decepciona. Si esperas otra cosa totalmente distinta, no tienes ni idea de cómo es el patrimonio castellano o buscabas una Roma a la española, probablemente te lleves un chasco. Las expectativas son malas consejeras en todo, y cuando se sale de viaje es mejor hacerlo con mente abierta y sin planificar todo al dedillo. La vida, y mucho menos el turismo, no es como lo pintan las agencias, la publicidad o las redes sociales, y por eso hay que desconfiar de las listas de "X sitios/experiencias/visitas imprescindibles". Al menos, no tomarlas como la Biblia.
El acueducto de Segovia sí hace honores a su fama. Es impresionante. Emociona atisbar su perfil de lejos cuando te acercas al centro entre la maraña de callejuelas de origen medieval, y sobrecoge verlo en su plenitud majestuosa. Hay que mirarlo bien desde todos los puntos de vista y distancias posibles, contemplar la perfección de su diseño arquitectónico, imaginar cómo se construyó y cómo ha sido testigo de cientos de años de historia, resistiendo, poderoso y bello. Sí, el acueducto es una visita absolutamente obligada y te va a regalar muchas fotos de postal -perdón, de Instagram.
Los otros dos monumentos que todo el mundo marca como imprescindibles ya no dejan tanta huella. Los dioses me libren de desaconsejar su visita, menos aún en el año en que Segovia celebra el V centenario de la Catedral, pero sí pediría rebajar las expectativas. Quizá mi formación en Historia del arte y el gran número de catedrales que llevo visitadas a mis espaldas influyan en la escasa impresión que dejó en mí, pero confieso, tristemente, que fue solo una más.

Más decepcionante fue el Alcázar, puede que por esperar algo distinto a lo que sabía que me encontraría en el templo catedralicio. No son tantas las ciudades que conservan grandes construcciones de patrimonio militar y civil, y lo cierto es que, desde fuera, la visita prometía una buena experiencia, pues es un monumento para admirar al exterior. Sin dejar de tener su interés, con salas realmente bonitas y objetos curiosos, quizá lo mejor sea la subida a la torre por las vistas, que además hay que pagar y reservar aparte. Pero, meses después, apenas recordaba nada del interior.
Del lugar del que sí conservo recuerdos vívidos por las sensaciones que me generó, más de dos años después de visitarlo, es una humilde vivienda situada a apenas dos minutos a pie desde la Catedral: la Casa Museo Antonio Machado.
Machado en Segovia
Antonio Machado, el autor más joven de la Generación del 98, llegó a Segovia a finales de noviembre de 1919 tras haber vivido ya en varias ciudades desde que dejó su Sevilla natal junto a su familia trasladándose a Madrid con apenas ocho años, incluyendo un temprano periplo parisino. El escritor obtuvo la oposición de profesor de francés de Segunda Enseñanza, y pasó por Soria y Baeza antes de llegar a la ciudad castellana.

Lo hizo escapando del llamado "poblachón manchego", una Soria fría, lúgubre e intelectualmente pobre donde Machado solo recabó en un intento fallido por mejorar la salud de su joven esposa Leonor, que había enfermado de tuberculosis. La muerte de su amada fue inevitable y la experiencia soriana, entre andaluza y manchega, transformarían su poética. Tras licenciarse por libre en Filosofía y Letras, por fin Machado consiguió el traslado a Segovia.
En la ciudad castellana permanecería hasta 1932 ocupando la Cátedra de Francés en el Instituto General y Técnico, dos décadas en las no se movería del primer alojamiento donde consiguió una habitación apenas aterrizar. En la calle Desamparados estaba la modesta pensión regentada por doña Luisa Torrego, quien le alquiló su estancia por 3,5 pesetas diarias. Un cuarto tan austero como toda la vivienda, que hoy abre al público reconvertida en una Casa Museo de visita obligada para conocer la otra cara de la historia y la cultura segoviana.

Los amigos y seguidores que Machado dejó en Segovia lucharon por su conservación desde 1945, alquilando el viejo cuarto para que nadie más lo ocupara, y adquiriendo poco a poco todo el edificio, muebles y patio para finalmente transformar la pensión en un museo visitable que rindiera homenaje al escritor y fuera testigo de una época clave en la intelectualidad segoviana. Finalmente fue adquirida por la Academia de Historia y Arte de San Quirce, institución que la administra aún a día de hoy.
Tras la monumentalidad del Alcázar o la Catedral, adentrarse en esta humilde vivienda es como penetrar a otro mundo. A diferencia de otras casas museo que tenemos en España o que podemos encontrar por Europa, la de Antonio Machado no es una gran casona señorial ni una antigua mansión o edificio noble. Era una modesta pensión y como tal se ha conservado, con su arquitectura popular de planta irregular, pasillos y escaleras estrechas, estancias sencillas y muebles y enseres populares. Pero está llena de ecos de vida.

Se conservan gran parte de los muebles y enseres que el propio Machado usó cada día durante veinte años, y que usaría también otros huéspedes que pasaran por la pensión, además de doña Luisa, la dueña. La parte visitable está en el primer piso, donde un largo y estrecho pasillo, de techos bajos, ejerce de arteria principal a la que se abren diversas estancias útiles, empezando con el modestísimo baño de uso común, al que sigue la cocina con su despensa.
Merece la pena detenerse aquí para contemplar todos los detalles de una vieja cocina que sin duda traerá recuerdos a muchos visitantes, de viviendas de padres y abuelos, de casas de pueblo y de campo que aún conservan muebles y accesorios de cocina como los que se exponen, tan sencillos como prácticos, marcados por el uso. Y no deja de ser curioso pensar en cómo hoy este tipo de menaje se ha recuperado por grandes empresas imponiendo una extraña moda de volver a lo rural, pero a precios absurdos a los que la buena doña Luisa jamás podría ni acercarse en su época.

La zona más, digamos, noble de la casa se distingue por el suelo de madera, que cruje a cada paso como lo haría con el trasiego de sus huéspedes y visitantes hace un siglo, destacando el bonito y luminoso comedor, con muebles más elegantes portando objetos que se dan el lujo de ofrecer cierto capricho decorativo, pero sin excesos. El final del recorrido muestra la propia alcoba de Machado, un cuarto pequeño que podemos imaginar frío prácticamente todo el año, con apenas unos pocos muebles y objetos personales.
La vivienda se ha completado con obras que la convierten en un espacio mixto museístico en homenaje y recuerdo al escritor, sirviéndonos también para contextualizar mejor aquellos años y conocer los lazos que estableció con otros intelectuales, artistas y personajes de la época, así como la huella y el legado que dejó en muchos contemporáneos y en la propia ciudad de Segovia.

Fotografías, retratos, dibujos, óleos, recortes de prensa, libros, revistas y litografías se suceden por estanterías y por las paredes, antaño desnudas en su mayor parte, materializando la ausencia del autor a través del recuerdo de quienes le conocieron.
En definitiva, es un recorrido breve pero con el que merece tomarse su tiempo, siguiendo la audioguía del propio museo, para pasear sin prisa por cada estancia y contemplar con curiosidad cada detalle. La atmósfera que envuelve toda la casa es contagiosa, una mezcla de nostalgia, melancolía y también ilusión por el futuro de una España que estaba intelectualmente en construcción, pero que seguiría siendo rural y humilde durante muchos años, sobre todo en las provincias del interior.
Las casas museo siempre merecen la pena una visita allá donde se encuentren, especialmente las más humildes, para recordar de dónde venimos y cómo nuestra historia real no es la que está colgada en las grandes pinacotecas con marcos dorados. Y aunque a nuestras abuelas pudiera resultarles extraño, una olla ajada por el uso o una vieja chocolatera también son piezas dignas de estar en un museo.
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La noticia
En Segovia todo el mundo recomienda el Alcázar y la Catedral, pero a mí me decepcionaron. Esta otra visita me gustó mucho más
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Directo al Paladar
por
Liliana Fuchs
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