El nuevo literalismo
Hace tiempo que algunos venimos denunciando el literalismo como rasgo dominante y reflejo de una moral maniquea que no tolera lo gris o indefinido, y mucho menos la contradicción y la paradoja. La entrada El nuevo literalismo se publicó primero en Ethic.

Me gusta la etiqueta nuevo literalismo, que se ha empezado a divulgar en algunas discusiones culturetas, porque califica y desconcierta a la vez: ¿cuál fue el viejo literalismo y en qué se le opone el nuevo? Tal vez haya que hablar de literalismo a secas, pero lo de nuevo le da un toque de misterio y ambigüedad que casa muy bien con la militancia de lo complejo que inspira el concepto.
Fue Namwali Serpell quien lo acuñó hace unas semanas en un artículo de The New Yorker dedicado al cine más reciente y más premiado en los Óscar. Serpell es una escritora zambiana y profesora en Berkeley, por lo que la imagino acostumbrada a dar muchas explicaciones sobre su identidad mestiza y cansada de sobreponerse a los clichés que le echan encima. No creo que sea casualidad que su campo de estudio como crítica literaria sea la incertidumbre. Es natural, por tanto, que le moleste más que a otros esta tendencia del cine actual a explicarlo todo, y haya emprendido una cruzada a favor de la sombra y el equívoco.
Analiza Serpell en ese ensayo los últimos éxitos del cine, tanto comercial como de ambiciones artísticas, y concluye, desolada, que están afectados de una epidemia de literalidad. En todas partes encuentra subrayados, diálogos innecesarios, personajes que señalan lo que todos han visto, metáforas reiterativas que recalcan el sentido simbólico de lo que se cuenta, etcétera. El cine actual está tan obsesionado por ser comprendido de la A a la Z que se vuelve insoportablemente obvio: «Cuando hablo de literalismo —escribe Serpell—, no me refiero al realismo ni a la mera literalidad. Me refiero a algo literalista, como cuando decimos que algo es obvio o forzado, que nos machaca o insiste en algo que ya está dicho. Reiterar lo obvio es una forma de violencia contra el arte».
El cine actual está tan obsesionado por ser comprendido de la A a la Z que se vuelve insoportablemente obvio
Es un mal que rebasa al cine y afecta a toda la cultura popular y la comunicación de masas, empapando también el resto de manifestaciones artísticas, por minoritarias que sean. Hace tiempo que algunos venimos denunciando ese literalismo como rasgo dominante y reflejo de una moral maniquea que tampoco tolera lo gris o indefinido, y mucho menos la contradicción y la paradoja. De la ironía, ni hablamos.
El miedo a ser malinterpretado produce tanta claridad que ahoga la idea misma de creación, necesitada siempre de la colaboración del espectador/lector para completarse. Si la narración no deja un resquicio para la duda, para los significados alternativos, para los finales abiertos o para el simple misterio, el acto de leer o de ver cine se convierte en una experiencia puramente pasiva que no inquieta ni transforma. Lo que debería ser un simulacro de conversación entre el emisor y el receptor deviene una deglución acrítica no muy distinta de la más banal de las funciones fisiológicas.
No entender las cosas a la primera, entenderlas a medias, malentenderlas o sentirse perdido y confuso no son solo premisas para gozar del placer adquirido de las narraciones, sino condiciones necesarias para el aprendizaje. La curiosidad incita a recorrer caminos frondosos y oscuros con la esperanza de desbrozarlos un poco, y si los textos (fílmicos o lingüísticos) no nos desafían siquiera un poco, la única fuerza que nos hará avanzar por ellos será la inercia y, al final, el tedio.
Si los textos no nos desafían siquiera un poco, la única fuerza que nos hará avanzar por ellos será la inercia y, al final, el tedio
El nuevo literalismo afecta también a los editores literarios, cuyas sugerencias cada vez van más encaminadas a aplanar los manuscritos y hacerlos más claros. Adelanta esto, explica esto otro mejor, que el lector sepa quién le habla y por qué, etcétera, son notas habituales que recibimos los escritores. Al principio de mi carrera —no hace tanto, apenas ayer—, las notas iban más en sentido contrario: no expliques tanto, esto ya lo has contado, no repitas, oscurece un poco esto, no des tanta información, este diálogo es redundante… No es casual que los libros sean cada vez más gordos: antes los editores te pedían recortes; hoy, te piden ampliaciones.
Recuerdo el consejo que me dio hace años un colega escritor que me animaba a escribir novelas juveniles: es fácil —me decía—, solo has de tener en cuenta que las cosas son lo que son. Si se quema una casa, es una casa que arde, no la metáfora de la rabia juvenil ni la extinción de la familia burguesa ni nada de eso, tan solo una casa en llamas. Punto.
Aún no he escrito ninguna novela juvenil. Y con esas instrucciones, dudo que lo haga nunca.
Quizá por eso, de todos los monstruos del bestiario del terror siguen triunfando los vampiros y los zombis, los más obvios, los más parecidos a las realidades que metaforizan.
Cuando doy charlas en institutos y los profesores de literatura me hablan de la epidemia del literalismo intento centrar el debate en lo incomprensible. Cuento a los estudiantes que yo empecé leyendo libros que no entendía, inapropiados para mi edad, inmorales, ilegibles, desconcertantes. Y les subrayo que fue eso lo que me hizo lector y luego escritor. Les digo que hay algo de salmodia mistérica en la iniciación lectora, que se parece más a experimentar con las drogas que a aprender una lección y sacar un diez en un examen. Leer un libro o ver una película sin tener claro hacia dónde se dirige, alterando el estado de tu conciencia por músicas, ritmos, eufonías, fraseos, palabras nuevas y personajes que no puedes juzgar de un solo golpe es una de las cosas más hermosas de esta vida ya de por sí incomprensible.
Porque la vida —sigo narrándoles— no se presenta clara y coherente. Las personas no se nos revelan nítidas, los amigos son misteriosos y hacen y dicen cosas que no nos explicamos. A veces intuimos que les duele algo pero no sabemos qué. Ni siquiera nos entendemos bien por dentro, somos un enigma para nosotros mismos, y a menudo no sabemos nombrar nuestras propias emociones. Nos cuesta leer a los demás, caminamos a ciegas la mayor parte del tiempo y fingimos que comprendemos cómo funciona el mundo cuando en realidad estamos perdidos y semiahogados en un mar de incertidumbres. La vida se parece más a una película de David Lynch que a una comedia romántica con sus clichés clarísimos y reiterados.
Pero David Lynch está muerto, y sus discípulos, si quieren hacer películas, están obligados a explicar muy bien qué carajos pasa en Twin Peaks y de dónde salen esos enanos que tienen rigurosamente prohibido hablar al revés. Pronto, las cosas estarán tan claras que no hará falta ni narrarlas.
La entrada El nuevo literalismo se publicó primero en Ethic.