Un monstruo español en Guinea
¿Colonialismo español? En nuestro país, hasta las meras acuñaciones conceptuales generan discrepancias insalvables. Franco sostenía que España nunca había desarrollado una política colonialista en lugar alguno del globo sino una misión providencial (protectora, cultural y evangelizadora al mismo tiempo). El pensamiento conservador español ha mantenido por lo general ese dictamen mientras que los autodenominados progresistas... Leer más La entrada Un monstruo español en Guinea aparece primero en Zenda.

Hay temas que concitan una gran atención mediática y asuntos que generan indiferencia. Hay historias que suscitan una atención desmesurada y tramas que no parecen interesar a nadie. Hay personajes que despiertan admiración u odio cerval y otros que parecen invisibles o transparentes. Es difícil saber o, por lo menos, explicar por qué sucede todo ello. Pero lo cierto e incontrovertible es que hay recodos del ayer, reciente o remoto, que contienen episodios olvidados o ignorados. Es probable que si alguien de menos de cincuenta años lee que España tuvo unas «provincias» llamadas Rio Muni y Fernando Poo, no salga de su asombro. ¿Dónde estaban esas «provincias»? Estaban en el golfo de Guinea, en el continente africano, a más de cuatro mil kilómetros de distancia de la península. Guinea Ecuatorial fue el último gran eslabón del colonialismo español.
La primera, que la España contemporánea nunca tuvo una política colonial equiparable a otras naciones de Europa Occidental (Gran Bretaña en primer término, pero también Francia, Alemania y Bélgica). Ni en cantidad (extensión de territorios) ni en calidad (una explotación colonial digna de tal nombre y una política pragmática en dicho sentido). La segunda premisa, muy vinculada a la primera como causa y consecuencia a la vez, es el desinterés manifiesto tanto de la política española —desde, al menos, dos siglos— como de la opinión pública por tener un papel relevante en el mundo. El gran pecado español, como señalaron innumerables intelectuales (Ortega y Gasset, sin ir más lejos) ha sido el ensimismamiento, no el aventurerismo.
Bajo esa luz puede entenderse que España participara en el reparto colonial del continente africano —Conferencias de Berlín (1885) y Algeciras (1906)— a remolque y renqueante. En estas coordenadas se inscribe el dominio español en un pequeño territorio del golfo de Guinea, una zona rica en materias primas (desde cacao a petróleo) que nunca fueron explotadas de modo eficiente. Cuando soplaron imparables los vientos de la descolonización a escala planetaria, España se deshizo de sus posesiones sin pesares ni lamentos: el franquismo canalizó la independencia de Guinea con el mismo distanciamiento apático con el que había gestionado la colonia.
Guinea Ecuatorial nació como estado independiente el 12 de octubre de 1968. Resulta paradójico que una dictadura como la franquista auspiciara y respetara unas elecciones relativamente libres como las que tuvieron lugar para la elección del presidente de la nueva República. Los guineanos dispusieron en ese momento de la libertad política de la que carecían los propios españoles. Como es obvio, no era porque el franquismo tuviera escrúpulos democráticos sino por el puro desinterés al que antes se aludió. Guinea importaba tan poco que daba igual quién fuera elegido presidente. ¡Craso error!
En este punto puede decirse que comienza el libro que el veterano periodista Antonio Caño ha dedicado a los primeros años del nuevo estado y, en especial, a la política de su primer presidente: El monstruo español: Francisco Macías y el fin de la aventura colonial en Guinea. Antes de seguir, resulta indispensable añadir —con la mayor concisión posible— algunas precisiones sobre el autor del libro, sobre el modo de narrar los hechos y sobre el propio título del volumen.
El interés por Guinea de Antonio Caño —veterano periodista sobradamente conocido como corresponsal de El país en Estados Unidos y luego director del mismo rotativo entre 2014 y 2018— deriva de que, al comienzo de su dilatada carrera profesional, le tocó cubrir el juicio del dictador africano, en septiembre de 1979. Para reconstruir su historia, Caño se sirve de las memorias de un educador español, Ramón García Domínguez, que vivió bajo el terror de Macías. El testimonio de este profesor lleva por título Guinea: Macías, la ley del silencio. Caño toma como base esta crónica y lo completa con material de archivo y sus propias indagaciones. Pero no solo eso, sino que utiliza al propio García Domínguez como personaje-narrador, convirtiendo así su libro en un híbrido entre ensayo político, memorias y relato de no-ficción. La mezcla funciona gracias a una escritura ágil y un ritmo trepidante, estructurado en capítulos cortos que van alumbrando diversas facetas del terror institucionalizado.
Y aquí conviene detenerse en lo que ya el propio título anuncia, El monstruo español. Tan importante es el sustantivo como el adjetivo. Monstruo fue en efecto Macías, no solo como dictador en términos genéricos sino como criminal despiadado y psicópata sanguinario, hasta el punto de que Caño lo compara en más de una ocasión con Idi Amin, Mobutu o Bokassa, arquetipos de las tiranías más salvajes en el desgraciado continente. Macías tuvo tres grandes rivales políticos en las primeras elecciones presidenciales: Atanasio Ndongo, Edmundo Bosio y Bonifacio Ondó. Los tres fueron eliminados por orden del autócrata.
Un balance apresurado de su mandato de once años es impresionante. Macías mandó asesinar a más de trescientas personalidades políticas. Entre ellas, once miembros del gobierno colonial, veintidós ministros de sus propios gobiernos, veintiún oficiales de la Guardia Nacional y setenta altos funcionarios. El «Calígula del trópico» convirtió a uno de los más pequeños países africanos en un «Dachau inmenso», con 50.000 víctimas entre muertos y desaparecidos. Aun así, las frías cifras solo son un pálido reflejo de un terrorismo estatal que se expresaba en palizas hasta la muerte, violaciones salvajes, torturas dantescas y, en general, una violencia sádica llevada al paroxismo. Matanzas masivas como las de la cárcel de Bata alcanzaban proporciones inauditas.
Nos quedaba pendiente el adjetivo: Macías, sostiene el autor de este libro de modo reiterado, fue un monstruo español. Lo fue al menos en un triple sentido. Primero, porque fue una criatura política del colonialismo español en general y del franquismo en particular, con todas las características que ello implicaba. En segundo lugar, porque el propio Franco constituyó su modelo político, el hombre y el gobernante al que siempre quiso parecerse, también en este caso con todos los rasgos —no precisamente positivos, claro está— que ello comportaba.
Y, por último, porque contó con el «asesoramiento» (entiéndase el concepto en su más amplia acepción) de un oscuro personaje español, el abogado Antonio García-Trevijano, al que resulta difícil exonerar de complicidad en sus desmanes. Todo ello convirtió a Macías, nos guste o no, en «nuestro hijo de puta». El hecho diferencial en el colonialismo español es que la metrópoli ni siquiera supo sacar provecho de ello. Por ineptitud y por indiferencia. En este relato pródigo en paradojas no es la menor que Macías llegase en distintos momentos a declarar a España como gran enemiga y a perseguir a los españoles radicados en Guinea.
Macías terminó pagando sus crímenes. Fue condenado a muerte y ejecutado. Pero ello no significó el fin de la pesadilla. Solo la sustitución de una tiranía por otra porque, como suele suceder en casos como este, a un monstruo le sucedió otro monstruo. El triste destino de un territorio condenado, como sus habitantes, a sufrir explotación, miseria, terror y muerte. Pero, en fin, como decíamos al principio, esta historia no le interesa a casi nadie.
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Autor: Antonio Caño. Título: El monstruo español: Francisco Macías y el fin de la aventura colonial en Guinea. Editorial: La Esfera de los libros. Venta: Todos tus libros.
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