Cuentos selectos, de Irène Némirovski
Irène Némirovski escribió tanto que todavía hoy aparecen inéditos. Muchos de sus relatos y novelas cortas fueron publicadas en revistas, sobre todo en semanales de corte femenino. Además, ante el avance de la guerra, se vio obligada a usar seudónimos para evitar la censura. En Zenda reproducimos un relato inédito presente en Cuentos selectos (Edhasa),... Leer más La entrada Cuentos selectos, de Irène Némirovski aparece primero en Zenda.

Irène Némirovski escribió tanto que todavía hoy aparecen inéditos. Muchos de sus relatos y novelas cortas fueron publicadas en revistas, sobre todo en semanales de corte femenino. Además, ante el avance de la guerra, se vio obligada a usar seudónimos para evitar la censura.
En Zenda reproducimos un relato inédito presente en Cuentos selectos (Edhasa), de Irène Némirovski. Con prólogo de Pola Oloixarac.
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EL MIEDO
(1940)
Era una noche tan bella, tan transparente que el sueño se escapaba de los habitantes del pueblo. Del bosque cercano llegaba un perfume a pequeñas frutas. Los corazones estaban tristes: había guerra. El pueblo temblaba por sus hijos ausentes. Las noticias eran malas. Los hombres susurraban: «No terminamos de ver…».
Y su vecino y amigo Joseph Voillot asintió con la cabeza tristemente, sin responder.
Las tierras que cultivaban estaban cerca la una de la otra. Se conocían desde la época de la escuela. Habían combatido en 1914 en la misma compañía. Voillot, sólido, taciturno, de barba negra, de largos brazos huesudos, había llevado en su espalda a Péraudin, herido, bajo los obuses, cerca de Poperinghe. Estaban casados, y ni siquiera sus mujeres habían logrado alterar su amistad. El hijo de Péraudin era soldado. A su regreso, se casaría con la hija mayor de Joseph, una rubia de pechos firmes y hombros amplios.
Una mujer pasó y gritó (las mujeres de la región tienen una voz aguda y penetrante que cubre sin esfuerzo las escasas palabras de los hombres):
–¡Parece que se han visto paracaidistas por aquí! Incluso dicen que han atrapado a cuatro, pero que el quinto se escapó. Escuché unos disparos ayer por la noche.
Se quedaron callados y escucharon. La noche, tan tranquila hasta entonces, parecía de golpe llena de una amenaza extraña, indefinible. Pero no se oía más que el canto del ruiseñor y el llanto lejano de un niño.
–Vamos, esto no es todo. Hay que volver a casa –dijo Voillot.
Péraudin y Voillot se dirigieron hacia sus casas. Se acercaban al río cuando la luna se ocultó. Una niebla húmeda subía de los prados. Sobre el agua flotaban vapores leves y suaves.
A medida que avanzaban, una especie de inquietud se adueñaba de ellos. Varias veces, Péraudin giró la cabeza y le hizo señas a su compañero para que se callara. Pero normalmente era un caballo dormido en el prado, cuya forma emergía, irreconocible, de la niebla, a veces un roce de juncos en la orilla del río. Nunca percibían ni escuchaban otra cosa, y, a pesar de todo, estaban alterados, pensativos, inquietos. Se mantenían callados. Tenían vergüenza de confesar su miedo. En la entrada de sus casas vecinas, se separaron.
Péraudin entró en su hogar. Fue a su habitación y descolgó su fusil: se quedaría en vela esa noche. Si veía al enemigo, no iría a buscar a los gendarmes. Sabría defenderse. Bajó hacia el prado, blanco, vaporoso, algodonado entre la niebla, que temblaba iluminada por la luna. Se sentó cerca de los arbustos que separaban su campo del de Voillot. Esperó. Pasaron las horas. Pronto la breve noche de mayo se terminaría. Por un instante, el sueño lo atrapó y, de golpe, se estremeció y se despertó de un sobresalto. Había oído con toda claridad un ruido de pasos al otro lado de los arbustos. Alguien subía del río hacia la casa de su amigo, alguien que caminaba con cuidado, conteniendo la respiración. Separó las ramas y miró. La niebla era tan densa que al principio no vio nada; sólo una forma oscura apareció, y luego descendió y se escondió detrás de los juncos. Oyó el ruido de un arma que se carga. Presentó la suya y disparó. Un gemido en el amanecer que despuntaba, una queja horrible que creyó reconocer, que le heló el corazón. Se precipitó. Corrió hacia los juncos. Los separó. Encontró en el suelo a su amigo moribundo, herido por una bala en el vientre. Su fusil estaba tirado cerca de él, en el pasto. Los dos habían querido vigilar a los paracaidistas, abatir al enemigo. Levantó la cabeza de Voillot, gritó con voz ronca:
–¿No estás muerto? ¡Dime, respóndeme! ¡Soy yo, estoy aquí! ¡Soy yo el gran estúpido, el imbécil que te ha pegado un tiro! ¡Respóndeme, Léonce, amigo, mírame!
Pero el hombre se llevó las manos al vientre con una mueca de dolor y de súplica, y, sin una palabra, murió.
Al día siguiente, encontraron los dos cadáveres. El de Voillot, tendido sobre la hierba; el de Péraudin, colgado en las ramas de un olmo.
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Autora: Irène Némirovski. Título: Cuentos selectos. Traducción: Pola Oloixarac. Editorial: Edhasa. Venta: Todostuslibros.
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