Estas son las razones por las que el kéfir es mejor que el yogur, según un nutricionista
Hay debates que dividen a la sociedad (estérilmente): tortilla con cebolla o sin ella, playa o montaña, kéfir o yogur. En este último caso, la rivalidad parece casi forzada, como si hubiera que escoger equipo entre dos opciones que, al final, juegan en la misma liga: la de los fermentados que prometen cuidar la microbiota y mantener la digestión en paz. Sin embargo, en los últimos tiempos, el kéfir se ha ganado cierta fama de superalimento superior, como si el yogur hubiera pasado de moda y quedara relegado a tiempos de meriendas escolares y cucharillas de plástico, y nada más lejos de la realidad. La verdad, lejos de las modas, es que ambos productos son altamente recomendables siempre que cumplan unos mínimos de calidad. Tal como explica el nutricionista Pablo Ojeda, tanto el yogur como el kéfir son aliados perfectos para incorporar bacterias beneficiosas al organismo, favorecer el equilibrio intestinal y, de paso, aportar proteínas, calcio y otros nutrientes esenciales. Así que, si alguien estaba esperando una guerra sin cuartel entre estos dos, más vale que se siente: aquí no hay bandos enemigos, solo matices que conviene conocer. Bebida en boga Si hablamos de beneficios concretos, el kéfir tiene alguna que otra carta ganadora. Su proceso de fermentación es más complejo, lo que se traduce en una mayor diversidad de microorganismos. Esto lo convierte en un alimento con un potencial probiótico superior, siempre que –y esto es clave– no haya sido pasteurizado después de la fermentación. En ese caso, adiós bacterias vivas y adiós propiedades. Así que conviene mirar con lupa las etiquetas si la idea es aprovechar todas las virtudes de este lácteo milenario. Pero que nadie se equivoque: el yogur sigue teniendo su sitio, sobre todo si es natural, sin azúcares añadidos ni sabores artificiales disfrazados de frutas tropicales. Además, el yogur tiene la ventaja de ser más suave y, para algunos, más fácil de digerir. Lo que lo convierte en la opción preferida para quienes buscan un producto lácteo probiótico sin complicarse demasiado la vida ni desafiar a su paladar con la acidez característica del kéfir. En realidad, el aura casi mística alrededor del kéfir se debe, seguramente, a que el marketing de los alimentos funcionales ha encontrado en él un filón. También porque su historia milenaria y su origen artesanal, fermentado con esos gránulos vivos que parecen salidos de un laboratorio alquímico, le dan un aire de autenticidad que no todos los productos pueden reclamar. Y porque, sinceramente, suena bien decir que uno toma kéfir a diario. @pabloojedaj82 ¡Kéfir vs. Yogur!

Hay debates que dividen a la sociedad (estérilmente): tortilla con cebolla o sin ella, playa o montaña, kéfir o yogur. En este último caso, la rivalidad parece casi forzada, como si hubiera que escoger equipo entre dos opciones que, al final, juegan en la misma liga: la de los fermentados que prometen cuidar la microbiota y mantener la digestión en paz.
Sin embargo, en los últimos tiempos, el kéfir se ha ganado cierta fama de superalimento superior, como si el yogur hubiera pasado de moda y quedara relegado a tiempos de meriendas escolares y cucharillas de plástico, y nada más lejos de la realidad.
La verdad, lejos de las modas, es que ambos productos son altamente recomendables siempre que cumplan unos mínimos de calidad. Tal como explica el nutricionista Pablo Ojeda, tanto el yogur como el kéfir son aliados perfectos para incorporar bacterias beneficiosas al organismo, favorecer el equilibrio intestinal y, de paso, aportar proteínas, calcio y otros nutrientes esenciales.
Así que, si alguien estaba esperando una guerra sin cuartel entre estos dos, más vale que se siente: aquí no hay bandos enemigos, solo matices que conviene conocer.
Bebida en boga
Si hablamos de beneficios concretos, el kéfir tiene alguna que otra carta ganadora. Su proceso de fermentación es más complejo, lo que se traduce en una mayor diversidad de microorganismos. Esto lo convierte en un alimento con un potencial probiótico superior, siempre que –y esto es clave– no haya sido pasteurizado después de la fermentación.
En ese caso, adiós bacterias vivas y adiós propiedades. Así que conviene mirar con lupa las etiquetas si la idea es aprovechar todas las virtudes de este lácteo milenario.
Pero que nadie se equivoque: el yogur sigue teniendo su sitio, sobre todo si es natural, sin azúcares añadidos ni sabores artificiales disfrazados de frutas tropicales. Además, el yogur tiene la ventaja de ser más suave y, para algunos, más fácil de digerir. Lo que lo convierte en la opción preferida para quienes buscan un producto lácteo probiótico sin complicarse demasiado la vida ni desafiar a su paladar con la acidez característica del kéfir.
En realidad, el aura casi mística alrededor del kéfir se debe, seguramente, a que el marketing de los alimentos funcionales ha encontrado en él un filón. También porque su historia milenaria y su origen artesanal, fermentado con esos gránulos vivos que parecen salidos de un laboratorio alquímico, le dan un aire de autenticidad que no todos los productos pueden reclamar. Y porque, sinceramente, suena bien decir que uno toma kéfir a diario.
@pabloojedaj82 ¡Kéfir vs. Yogur!